Yvelisse Prats-Ramírez De Pérez
Vuelvo al cálido “nosotros” de En Plural después de varios sábados en que el “yo” engolfado en dolores y molestias impuso la tiranía solitaria que domina cuando estamos enfermos.
Retorno, abordando una de las pasiones de mi vida: la educación.
En medio de la sacudida feroz del terremoto que obliga al mundo a sensibilizarse ante la tragedia de Haití, los medios de comunicación tratan otros temas: la sacada de lengua de Leonel a Miguel Vargas, con la Ley de Partidos; algún obispo bueno que clama por mas justicia social; y el que toca precisamente esa vieja e irrenunciable pasión que me atraviesa como saeta llameante manteniéndome en el ejercicio de aprender e intentar enseñar todo el tiempo.
El propio Ministro de Educación, hizo en días pasados dos señalamientos atinentes al sistema educativo: uno sobre el calendario escolar, otro sobre la formación docente en nuestro país. El calendario no me importa mucho. Sea en marzo, agosto o septiembre, el año escolar empieza como termina: a tropezones.
Las aulas, insuficientes, deterioradas, faltan 17 mil, dice Melanio; los libros de textos que llegan tarde a las escuelas, y además, son en su mayoría malos; las Pruebas Nacionales, ese incordio, concentrando esfuerzo y atención para convertir las clases en “tout de force” memorísticos negando el constructivismo de los programas oficiales; y por si fuera poco, ese afán simplista de aumentar las horas de docencia, cuando queda dicho y redicho por los que saben que lo importante no es el tiempo que se pase en la escuela, sino lo que en ella, y fuera de ella se aprenda.
Pero con un presupuesto vergonzoso, que cada año se contrae frente a la demanda educativa creciente, es poco lo que puede hacerse. La formación docente sí me interesa. Porque me he pasado cerca de tres cuartas partes de mi vida involucrada en esa tarea, estoy convencida de que es decisiva para que la educación cumpla sus objetivos, mas complejos ahora al estar condicionados por la nuevas situaciones que aceleran, mutan en un proceso de transiciones continuas que es al mismo tiempo de integración y desintegración, alterando los esquemas institucionales y orgánicos de los sistemas educativos y de la educación en su mas amplia acepción.
Dentro de las confusiones, incertidumbres y escepticismos epocales, el sujeto docente, su función, su identidad, su formación y su ejercicio, es un elemento esencial para iniciar el constructo de una educación de calidad con equidad, que abra el acceso a una sociedad inclusiva.
En sus orígenes, el sistema educativo estuvo asociado a la formación del Estado Nación. Hoy afirmamos con Tenti, Tedesco, Esteve, Filmus, que la educación tiene que asociarse a la construcción de una sociedad justa, que respete la diversidad pero que luche por eliminar desigualdades.
En el pasado como ahora, el sentido y la ética del trabajo docente han sido ejes de la aventura educativa.
Antes, la tarea magisterial era mas fácil, se enseñaba lo que se sabía y lo que se creía, la autoridad del profesor/ a se fundaba en conocimientos que se aceptaban sin remilgos; no existían computadoras, ni T.V. que incitan a los estudiantes a dudar o disentir.
En este milenio, el futuro no está escrito, ni descrito en ningún texto. El cambio es el motor que impulsa día por día la existencia, produciendo vértigos y falta de sentido en las acciones humanas.
El maestro, la maestra, preparado como sucede en nuestro país convencional y límbicamente, inmerso en una atmosfera social que asfixia conciencias, propósitos, ideales, requiere sobre todo, antes que todo, lo que llama Inés Dussel un “rearme moral” que le permita entender y asumir el compromiso de responderse a si mismo, ya luego a la sociedad, las preguntas de por qué y para que enseño, por qué tengo que hacerlo con pertinencia, por qué debo ser responsable de los resultados; por qué he de superar los determinismos sociales y económicos del aprendizaje, y por qué debo ser, además de docente, ciudadano/ a que demanda frente a las otras dimensiones de las políticas públicas, sabiendo que la educación es una variable clave de la justicia social, pero no la única.
Ese “rearme moral” sería la zapata de una transformación radical de la formación docente. Partiendo de ese encuentro del maestro/a dominicano/ a con su misión y su visión, se edificarían nuevos saberes profesionales en los que la teoría educativa no se separa de la práctica, en los que la investigación ocupe el lugar preeminente que le corresponde si queremos tener identidad.
Hay que empezar a hablar de esa formación docente, estoy de acuerdo, Melanio, hace más de 30 años que rezongo, demando ese cambio, que debería ser copernicano, en nuestra formación docente.
Será muy difícil. Sin transformaciones sociales profundas, lo educativo se mantiene estancado.
Pero la palabra libera el espíritu, encampana chichiguas de esperanza.
Hablemos, En Plural, de nuestra formación docente.
Anunciemos los sueños que pueden realizarse. ¿Mañana?
Santo Domingo, R.D. 2/6/2010

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