Yvelisse Prats-Ramírez de Pérez
http://www.listin.com.do/app/article.aspx?id=134692
Había resuelto no escribir este año sobre el tema, pero cambié de parecer al conjuro de las celebraciones y declaraciones hechas el pasado Día Internacional de la Mujer.
La mayoría de las reflexiones alrededor del Día y de nosotras se concentraron en el plano de lo público: se relevó la presencia mayoritaria de las mujeres en las Universidades; se reclamó cumplir con la acción positiva de la cuota femenina en las boletas; se criticó la escasísima participación de mujeres en el Poder Ejecutivo, en contraste con el Poder Judicial, donde el número de juezas se aproxima a la paridad con los varones.
Esos datos constituyen un diagnóstico verídico, ciertamente, y alrededor de ellos se orquestó un discurso entreverado de homenajes, denuncias, reclamos e intenciones, que a mi juicio fue bastante pleonástico de muchos marzos anteriores.
Es que nos vamos encerrando en solo un aspecto de nuestra discriminación, perdiendo la visión holística que precisamente se define en la otra parte, construída por la cultura, que es decisivamente castrante de nuestras aspiraciones a la equidad.
Desde las sufragistas hasta acá, las mujeres nos afanamos en visibilizarnos en el plano de lo público, conquistando derechos ciudadanos y políticos secuestrados por los hombres.
En esta guerra que destempló los nervios y puso de relieve la asimetría del poder acaparado por los varones, logramos arrancar: primero, elegir, a ellos, por supuesto; ya luego, ser elegidas, minoritariamente, a veces como botones de muestra; y conseguir algunas que otras leyes, más declarativas que funcionales, orientadas a aproximarnos a la equidad.
Lo público, en resumen, ha dominado la mayor parte de nuestros esfuerzos, y ese espacio en que hemos logrado penetrar, todavía en minoría, se ha convertido en una trampa, el “truco de los espejos” en que consumimos nuestra fuerza, tratando de equipararnos con los hombres. Y no podemos, ni podremos participar como ellos en la vida pública, mientras permanezcamos aherrojadas en el otro espacio que nos desangra.
Los mitos culturales decidieron para las mujeres un rol que se nos adjudica con exclusividad pérfida: la responsabilidad del hogar, de la familia, de la reproducción. Lo aprendimos tan eficientemente, que lo estereotipamos hasta hacer parecer lo cultural como innato.
En ese espacio de lo privado, vivimos encerradas tanto tiempo, viven todavía entre velos y mutilaciones tantas mujeres en el mundo. Algunas de nosotras, abriéndonos paso a machetazos de osadía, hemos penetrado en lo público, yo soy maestra y política, otras son abogadas, médicas, choferes, parceleras, ingenieras, obreras, sindicalistas.
Pero nos mantenemos a horcajadas entre los dos espacios, el público que vamos conquistando a trompicones, y el privado que nos sigue exigiendo el cumplimiento de nuestros roles de madres, de esposas, de amas de casa, de amantes, que no siempre amadas, y de administradoras de las crisis.
Y así no se puede, ni de debe. La doble, triple jornada de trabajo que se exige a las mujeres que incursionamos lo público, sin que se nos condone o se comparta la responsabilidad familiar, nos agota, nos frustra; el rol impuesto culturalmente nos ha creado falsas conciencias, la culpabilidad nos agobia cuando no podemos responder como la Mujer Maravilla.
Mientras yo me preocupo y me ocupo, en medio de mis ajetreos educativos y políticos, del menú familiar, y reviso con ojo de maestra indulgente una que otra tarea de los/las nietos/ as, ¿adónde están los hombres de mi casa, que no sea leyendo, navegando en Internet, yendo a sus oficinas (como yo voy a la mía), o haciendo una que obra bromita pesada e injusta cuando afirmo, aprendido el libreto que me obliga a dualizarme, que soy una buena ama de casa? La palabra clave de los tiempos actuales es CAMBIO. Cambiemos las mujeres también el énfasis en nuestras luchas, prioricemos conquistar libertad e igualdades en lo privado.
Para poder participar con gozo y eficacia con los hombres, generando los valores de cambio que necesita la sociedad para su desarrollo en democracia, ellos deberán aprender a compartir con nosotros la generación de valores de uso que son indispensables para la sobrevivencia de ambos.
Si el plausible empeño de la Junta Central Electoral se cumple, y los partidos llevan en sus boletas el 33% de mujeres, espero que esas legisladoras presenten proyectos de ley que impulsen esta integración de los hombres en las tareas y responsabilidades familiares.
Hay buenos referentes: en España, en Europa Nórdica, pueden encontrarse. En una alianza suprapartidaria las mujeres debemos impulsar esa legislación que dé a luz la verdadera equidad que solo se conseguirá cuando sea real en el plano de lo privado.
Porque a veces dudo de si los obtenidos en el plano público, son triunfos rotundos, o si contienen cierta sofisticada perversión que nos transforma en proveedoras, sin dejar de ser esclavas.
Santo Domingo, R.D., sabado, 13 de marzo de 2010.
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