Marcio Veloz Maggiolo
Sadam Hussein mató iraquíes, quemó kurdos, torturó a enemigos políticos, sembró el terror como único poder en Irak, y se elevó sobre su pueblo adquiriendo la potestad de un dios que distribuía a mansalva el terror.
Guardando la distancia, Trujillo, el padre de Angelita y los otros, hizo casi lo mismo: pasó haitianos al machete para no gastar en plomo, se elevó sobre su pueblo y adquirió la potestad de un dios al punto de que durante 30 años sembró el terror en República Dominicana.
Sus primeros ejemplos de vesania fueron los de la muerte de Martínez Reyna y de su mujer embarazada. Levantó la bandera racista y anti-étnica, hecho único en las Antillas, para asentar nuestra nacionalidad blanqueada por sus acólitos, la que desde 1930 paso a ser la del dominicano cuyo temor al pueblo haitiano se convertía en el escudo de la nacionalidad amenazada. No había kurdos en la frontera, sino haitianos que étnicamente se consideraron, como en Irak las etnias disidentes, e inferiores, un peligro amenazante para las creencias de mahometanos del partido Baaz.
Como Sadam, Trujillo creció en ambiciones y en armas, en tropas leales a sus métodos terroristas y se ensañó contra los amigos que lo rechazaron debido a su método coercitivo y sangriento, muchos de los cuales terminaron en la cárcel, muertos o en el exilio. El modelo Trujillo, en e l caso de las torturas, fue el mismo de las cárceles inauguradas por Pinochet, el de los militares argentinos, el de los uruguayos. Y yendo un poco hacia atrás, el de Lilís y Juan Vicente.
Voy a transcribir por tanto algunos párrafos de la novela “Ulises from Bagdad”, del novelista francés Eric-Emmanuel Schmitt, uno de los más destacados escritores de Europa en la actualidad.
El libro trata el tema del miedo, de la represión y de lo sucedido a partir la invasión iraquí a Kuwait pero retornando a la historia cotidiana hasta desembocar en el ataque norteamericano donde se experimentaron “exitosamente” armas planificadas para la guerra electrónica, y en los crímenes de Sadam salidos a la luz con lujos de detalles desde las gavetas del Pentágono, donde esperaban ser utilizados en caso de que Sadam se pasara la raya de la realidad política que era el interés de EEUU, y los aliados de estos. Por tanto, Irak por dentro se capta con diferencias enormes con el Irak de fuera. Por ejemplo, el autor analiza, con certera visión, lo que significó el bloqueo contra un pueblo hambriento y explotado, que si ya lo era durante la dictadora de Sadam, lo fue más cuando los alimentos no llegaban, y el proceso de sacar a Sadam del poder se convirtiera en un cierre del futuro, porque todos los bloqueos van contra el pueblo, no contra los dictadores como lo demostró el bloqueo contra Trujillo. Interponga su imaginación y cuando el autor hable de la situación del régimen iraquí y de su duro manejo a base del crimen, repase nuestra historia y ponga a un dominicano como contrapartida para que vea cómo las dictaduras militares acuden a los mismos sistemas y cómo los bloqueos no afectan al dictador, sino al pueblo.
A los once años, el protagonista emergió a la realidad cuando un tío es masacrado bajo la sospecha de ser opositor al Presidente. Su relato fue escueto: los colosos le habían insultado y golpeado durante horas sin que por ello se sintieran obligados a explicarle lo que le echaban en cara”. Le llamaron sin razón, cerdo pagado por Israel y espía de EEUU. Una de las caras de Sadam era la del nacionalista que luchaba contra la gran potencia, como lo era el supuesto nacionalismo de Trujillo cuyo rechazo a los haitianos era la fuente de elevación patriótica. Naguib nunca supo de qué era culpable.
El pobre Naguib no era ni kurdo, ni israelí, y mucho menos chiíta, ni tenía relaciones con Irán, ni era simpatizante con EEUU. “Solo culpable de ser sospechoso”. Es decir que su mayor pecado era ser sospechoso, categoría que también en RD se asentaba como indicativo de peligrosidad para el régimen.
Este cuadro es casi una representación de lo que fueron algunos de los métodos de Trujillo, que su hija “desconoce”. Ella sabía poco, en su inocencia dictatorial, que había tortura y muerte, listas de desaparecidos, como en los terremotos y ciclones: apenas había saludado a J. Abbes García alguna vez, “quien por cuenta propia” con Candito Torres, era el factótum de la muerte y la tortura de decenas de opositores, y según su inocencia de más de cincuenta años, ignoraba igualmente quiénes mataron a las Mirabal a pesar de aquel juicio televisado, amenizado por Sotico y de libros que pueden comprarse hasta en las calles y las esquinas de todo el país, unos escritos por personajes como Alicinio Peña, jefe del Servicio Militar en el Cibao, y otros como los del cadete Guerrero, autoacusándose de haber participado, obligado por Ramfis Trujillo, en el fusilamiento de muchos de los participantes en las invasiones de junio de 1959, llevados para tales fines a la base militar de San Isidro, cubil del hijo mayor del tirano.
Aquí, el Partido Dominicano era la encarnación sangrienta del escudo nacional.
Volvamos a Irak. “Con once años me di cuenta de la injusticia que sufría mi país, me sensibilicé, y la revuelta abrió un hueco en mi pecho que cada vez iba haciéndose más hondo. Entonces decidí que yo, a diferencia de mi tío Naguib, les daría a los hombres del Presidente razones legítimas para que sospecharan de mí y así, si algún día me arrestaban, si me freían con cables eléctricos, si me hundían la cabeza en una bañera hasta la asfixia, al menos no me torturarían por nada, porque yo sí habría luchado activamente contra ellos”.
“Desde aquel día cogí gusto por la lectura (o por la libertad, que es su equivalente) y dediqué mi adolescencia a descubrir el lavado de cerebro ideológico que nos infligían en el instituto, a protegerme de él, intentando aprender a pensar de una forma diferente, por mí mismo”.
Tal y como se decía de Trujillo entre nosotros los más jóvenes se afirmaba de Sadam, el cual mucha gente creía que era representado por un sosias o persona disfrazada. Entre rumores de ese tipo las dictaduras se protegen exhibiendo un alma de payaso y maquillando la historia.
La resistencia era ante todo imaginaria, y el miedo generaba como en la “era”, apodo inmoral de la dictadura, enfermedades que el dictador no podría superar.
En el caso de Trujillo las operaciones que sufrió por su problema prostático, y la posibilidad de sus caídas por el golpe armado de sus opositores. La imaginación no estaba lejos de la realidad.
“Mientras el pueblo se moría de hambre Sadam construía nuevos palacios”. Los de aquí alojarían el Partido Dominicano en todas las cabeceras de provincia, y las iglesias en todos los poblados, los de Sadam alojarían al majestuoso y criminal partido Baaz y las mezquitas con el almuédano gubernamental declarando a voz en cuello las maravillas de Alá, protector indudable de Sadam.
Las dictaduras brutales se parecen y buscan siempre la falda de Dios. Son adictas a los signos y símbolos que el poder considera beneficiosos, pero la muerte es su mensaje la tortura grata a los gobernantes es la afición fundamental de los hombres del Presidente.
Leer la novela de Eric-Emmanuel Schmitt es como una mirada oblicua, bizca, hacia ambos lados de un camino lleno de sombras y de terror. Vale comprobar que todos los hechos cotidianos habidos en las dictaduras militares se parecen y son a veces en la actualidad parte de un recuerdo, de una memoria de lo frustrado, que tiene seguidores activos y que buscan borrar la otra memoria, la verdadera, a base de libros escritos por plumíferos encantados de colaborar con la mentira y la perversión. Hay quienes se sienten como pez en el agua, coleteando entre los recuerdos de lo que nunca deberá volver a ser.
Santo Domingo, R.D., viernes, 12 de marzo de 2010
http://www.listin.com.do/app/article.aspx?id=134586

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