jueves, 18 de marzo de 2010

El Maldito





Andrés L. Mateo


Juan Sánchez Lamouth, ese poeta maldito sobre el que siempre escribo, se vanagloriaba al decir que su escuela era “El tabernismo”, un guiño perverso de inspiración literaria que él arrojaba como una burla sobre una sociedad que también lo rechazaba.
Príncipe y señor de las madrugadas, en los cafetines de mala muerte levantaba su copa y dejaba caer en la tierra el “trago de los muertos”, una liturgia que tenía en su boca siempre un mismo destinatario: “A Edgar Allan Poe”, decía.

Y luego se bebía el suyo, recitando bajito una jerigonza que, según él afirmaba, había aprendido leyendo El caso de la casa Usher, un cuento célebre de la cosecha tenebrosa de Poe.

Juan Sánchez Lamouth, el padre del “Tabernismo”, es para mí un tipo inspirador, que se remontó por encima del destino que le tenían reservado.

Por eso vale siempre como figura de reversión, disponiendo regresos al itinerario en sombras que transitó su vida.

Siempre tenía en sus gruesos labios de hombre negro la cita de algún poeta inglés, o mascullaba en sordina el nombre de su amado Edgar Allan Poe, mientras apuraba la copa. Cerraba los ojos como si lo buscara en el recuerdo, como si se lo inventara.

Pero, ¿quién se inventó a quién?

¿Juan Sánchez Lamouth, volcando aquel trago de iniciación sobre la tierra seca de una isla remota, invocando a otro tipo “extraño”, marginal y aborrecido, como él; que en el sopor de su borrachera su lengua estropajosa pronunciaba su nombre: Edgar Allan Poe?

¿O aquél dipsómano de habla inglesa, con los ojos abotagados por el alcohol, los cabellos ensortijados, y la mirada huidiza, se inventó antes al poeta maldito que decía su nombre en medio del chisporroteo de la embriaguez, impresionando a las putas de la Calle Enriquillo?

¿Quién se inventó a quién, Dios mío?

No sé por qué en algunos momentos especiales Juan Sánchez Lamouth me asalta desde la niebla acogedora en la que construyó su enigma. Su enigma lleno de humillaciones y rechazo, su enigma de poeta sensible, provocador y maldito.

Siempre lo recupero en la memoria con su copa de ron cayendo sobre el patio polvoroso del cafetín, su imagen como una pre-escritura de sí mismo, un estilete frío que perfora la muerte, como una invención del personaje a quien él mismo dedicaba la copa: Edgar Allan Poe.

Y entonces vuelvo a los años en que hablaba con él todas las tardes, y mi madre me advertía: “Hijo no andes con ese poeta, la gente dice”; y yo miraba su saco raído, su corbata mugrienta, el honor inútil en que se sostenía su alcurnia de poeta.

No devolvía los libros de poesía que le prestaban, y cuando de una acera a otra, en la calle El Conde, Ramón Francisco le voceaba: “Lamouth, devuélveme mis libros”, el respondía: “Los libros no son de nadie, la cultura es de todos”.

¡Oh, Dios, tal vez es demasiado lo que hemos envejecido!

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