Elsa Peña Nadal
“Los últimos serán los primeros”, dijo el Señor, pero aunque es una promesa a futuro, El viene eligiendo, utilizando siempre para sus propósitos, a los hombres y mujeres más humildes y menos destacados ante los ojos del mundo.
Así sucedió cuando eligió a José y a María para que fuesen sus padres en este plano; cuando selecciono a los 12 apóstoles que propagarían por el mundo su Evangelio y cuando llevaba su doctrina a los pobres y realizaba entre ellos sus prodigiosos milagros.
Por eso no es de extrañar que para revelar a la humanidad el mensaje de Su Divina Misericordia, Jesús se valiera de una humilde mujer que probó ser dócil, humilde y sencilla ante Sus aspiraciones y gracia.
Así sucedió con el mensaje otorgado a la Hna. María Faustina Kowalska, religiosa polaca, conocida después como Santa Faustina y perteneciente a la Congregación de Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia; a quienes también llamaban Hermanas Magdalenas.
Santa Faustina laboro en varias casas de su Orden, siempre realizando trabajos muy sencillos y desapercibidos: en la cocina, el jardín, la limpieza del convento o atendiendo la puerta.
Y es precisamente a esta hermana menos notoria a la que el Señor escoge para dar al mundo entero el gran mensaje de su Misericordia que a tantas almas ha tocado y transformado, al propagarse por el mundo entero en momentos muy críticos para la humanidad.
Esta monjita estaba dedicada a la educación de jóvenes de escasos recursos, y viendo el Señor en ella tanto amor y misericordia, le pide llevar al mundo el mensaje que nos demuestra que la misericordia de Dios es infinita, inagotable.
Mientras leía en Internet sobre estas revelaciones, recordé que varios años atrás, cuando se produjo en mi el milagroso acto mediante el cual pude perdonar y ser perdonada; estaba yo inmersa en un trance tal que pude ver y sentir parte del dolor de Jesús en la Cruz; lo cual solo fue posible mediante la oración de un grupo de hermanas que invocaron en mi favor, la Gracia del Espíritu Santo.
Y es precisamente eso lo que nos pide Jesús a través de esta humilde religiosa: que sintamos y vivamos Su sacrificio; y hasta nos indica las oraciones y la hora exacta para hacer nuestra invocación por Su misericordia:
--“A las tres de la tarde en punto, implora Mi misericordia, especialmente por los pecadores; y, aunque sea por un breve momento, sumérgete en Mi pasión, particularmente en Mi abandono al momento de la agonía. Esta es la hora de la gran misericordia para todo el mundo. Yo te permitiré entrar en Mi dolor mortal. En esta hora, Yo no rehusaré nada al alma que Me pida algo en virtud de Mi pasión.”
Por eso, siempre doy testimonio de que así fue como El sano mi alma; curo mis heridas y me hizo sentir misericordia para que yo pudiese perdonar y pedir perdón; para que dejara en Sus manos el hacer la justicia y para que no me avergonzara jamás de proclamar Su grandeza.
El día elegido por la Iglesia para esta fiesta de la Misericordia fue el domingo después de la Pascua de Resurrección; es decir, este domingo 11; sin embargo, a Jesús podemos acudir cada día y en cada momento.
El, en su gran misericordia, quiere extender por siempre la gracia concedida por Su Padre para toda la humanidad, mediante Su muerte en la cruz. Y se vale de sus ángeles terrenales para refrescarnos la memoria; tal como hizo con Santa Faustina.
!Todo, por Su gran misericordia!
--"Oh Sangre y Agua que brotaron del Corazón de Jesús, como manantial de Misericordia para nosotros.... En Ti confío". (La autora es periodista. Reside en Santo Domingo)
elsapenanadal@hotmail.com
http://www.almomento.net/news/135/ARTICLE/57001/2010-04-10.html


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