José Miguel Soto Jiménez
“El campo, el campo, el campo verde” y la política, esa pasión sempiterna del dominicano que siempre está presente acompañando nuestra angustia propiciando todos nuestros actos.
La fuerza dominante de la cultura rural está recreada de forma magistral en el cuento aquel del cibaeño que lo trajeron un día a la capital a conocer el mar y ante la inmensidad sobrecogedora del océano, mas allá de cualquier ponderación de asombro estético, después de salir de una contemplación profunda, profirió un lamento casi queja, desde lo más profundo de su ser criollo: “Anda’l carajo, cuánta tierra perdía”.Claro, estamos hablando de un país mayoritariamente rural, que por estar su cultura saturada por la ruralidad y sus pormenores pintorescos, su atraso político estaba gobernado por su lógica abigarrada y sus imágenes totémicas.
Nuestros grandes caudillos históricos fueron, y se explican como decodificadores del alma nacional y el instrumento sagrado para desentrañar ese ser popular que cautivaron muchas veces hasta el fanatismo, el manejo en el ritual del liderazgo de esas claves culturales alusivas al campo y sus alegorías.De ahí que el gallo y sus mitos litigantes, el machete, el “jacho”, el toro, la palma o el caballo, sean símbolos alusivos a la vida partidaria.
“Mon” que gobierna en la capital vive delirando por Estancia Nueva, ansiando ese divorcio con el mar, donde se sueña con su jumento justo allí donde la sabana se abre y sus recuas se tragan la llanura.
Trujillo para alentar y justificar el continuismo dirá: “Seguiré a Caballo” como si galopara en nuestro inconsciente colectivo hasta sudarnos la paciencia.
“Fello” Estrella se cansa de “atajar para que otro enlace”. Bosch en el 63 le dice a la gente que un golpe de estado duraría “lo que una cucaracha en un gallinero”.Manolo alude a: “las escarpadas montañas de Quisqueya”. Balaguer continuista como Báez, el hijo de “mama teta”, aconseja para seguir “subido en el palo” que: “no es bueno cambiar de caballo cuando se está cruzando el río”, y es el gallo de lidia el arquetipo de su mañosería, que basada en montones de libros, tiene su poder en la masa de campesinos que lo siguen en procesión engatusados con su carita de “pendejo”.
Solo Peña como líder de masa recrea un urbanismo que trastrueca antiguas realidades, rehúye a la vieja usanza de apelar al campo y sus bemoles, sustituyendo cañadas, empalizadas y enramadas por sus imágenes grandilocuentes e incendiarias.
Hipólito, “gurabero” ante todo, se convierte en su momento transicional en indiscutible fenómeno político, su discurso esta llenó de las viejas claves que abren el “macuto” de una ruralidad que cala entre los que sin vivir en el campo, lo hemos traído a la ciudad, como si cargáramos el pollo de calidad y el machete debajo del brazo.Por eso más que “jocosidad” o “repentismo”, hay nostalgia cultural por ese conuco que desfallece con él, aunque generaciones intermedias llevemos todavía a flor de piel ese “bajo a hoja” que no se quita, porque para muchos es zumo, vaho, o tufo de nosotros mismos. Su magia parece llegar hasta donde el país cede ante los embates peligrosos de nuestras patéticas realidades contundentes.
Untura, buche, pluma, bulla y trompo embollado. Asomos y cuentos de camino, trucos de cámara, cuando hay que ser de loma y tierra llana, de monte y de ciudad.
Sin embargo, aunque el Presidente no tiene el campo por dentro, ni usa el campo, solo el campo lo explica en su esencia matrera. No sólo porque priva en que “no lava y presta la batea”, sino porque le ha cogido el “gustico a la cuestión” sin saber que a la hora del “sazón la pimienta es la que pica”.Parece no conocer las reglas inmutables del “Yaguacil”. “Pone cara de yo no fui” cuando la cosa se aprieta, no sabe “cuándo subir la gu¨ira” ni remenear la mata.
Como todo hombre de ciudad, no pide a Dios que reparta suerte, porque creyéndose solo en el redondel, no sabe que de cualquier “yagua vieja sale tremendo alacrán y que en cualquier gallera de pueblo y de ciudad se puede caer una viga, y después “del palo dado ni Dios lo quita”.
¡Hay que volver a Capotillo!
Santo Domingo, R.D., jueves, 8 de abril de 2010
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