miércoles, 7 de abril de 2010

Respeto presidencial



Milton Ray Guevara



En países como el nuestro se considera que la ciudadana o ciudadano que llega a la Presidencia de la República es la persona más poderosa del país. Lo bueno lo logran los ministros y el gobierno, todo lo malo se lo atribuyen al Presidente. No importa el grado de aceptación más o menos elevado que exhiban en las encuestas de opinión. Esa es la realidad iberoamericana con excepciones que confirman la regla. Parecería que sólo el paso de los años permite que la razón se imponga progresivamente a las pasiones y el enjuiciamiento se haga más sereno y menos apasionado.

Soy un convencido de que ningún Presidente quiere lo malo o lo peor para su pueblo. Siempre aspiran a lo mejor, aunque no puedan lograrlo. Ninguno se contenta con que las cosas vayan bien, quisieran que fuesen mejor. Resulta muy difícil para un Presidente confiar sus aprehensiones, sus dudas, su tristeza, el desengaño, su impotencia, generadas en las acciones gubernamentales.

Cuando una acción de gobierno fracasa, cuando un colaborador fracasa en el régimen presidencial o en el presidencialismo, es un revés del presidente. En el régimen político nuestro, por ejemplo, el Presidente es Jefe de Estado y Jefe de Gobierno. No tiene la ventaja de un presidente de la República o de un jefe de Estado en un régimen parlamentario en que toda la responsabilidad política descansa en el jefe del gobierno o en el primer ministro.

En el régimen presidencial “sólo es responsable el Presidente”. Algunos entienden que ésta es la consecuencia no deseada de que “el Presidente de la República al ser elegido directamente por el voto popular, en doble vuelta o ballotage, obtiene una legitimidad social que, en la práctica, le otorga inmunidad absoluta en el ejercicio del poder”.

En nuestro país, el Presidente de la República es el primer mandatario de la nación. El pueblo, su mandante, mayoritariamente le deposita su confianza a través del voto por un mandato cuya duración es de cuatro años. El Presidente de la República, ley de oro de la democracia, aunque postulado por un partido o grupos de partidos, se convierte en Presidente de todos los dominicanos, a pesar y más allá de las banderías políticas. En el régimen político presidencial existe una norma esencial consistente en el respeto a la función y a la persona del Presidente de la República. En el régimen monárquico por su parte se establece el principio de que “El rey no puede hacer nada malo ni causar daño alguno”.

En el sistema político dominicano, la Constitución de la República consagra disposiciones relativas a la alta dignidad del Presidente. Así, de conformidad al artículo 132 de la Constitución, su renuncia solo puede ser presentada y conocida por la Asamblea Nacional. De igual forma, el artículo 133 de la Constitución consagra que el Presidente de la República electo o en funciones, no puede ser privado de su libertad.

En el ámbito de la legislación adjetiva, el artículo 86 de nuestro Código Penal, consagra que “Toda ofensa cometida públicamente hacia la persona del Jefe del Estado, se castigará con prisión de seis meses a dos años y multa de cincuenta a quinientos pesos”. Cuando se ofende públicamente al Jefe del Estado se ofende al país entero, por ello la infracción contemplada en el artículo 86, aparece en la sección segunda de los Crímenes Contra la Seguridad Interior del Estado.

En Estados Unidos, el presidente cuenta con inmunidad incluso en materia de “responsabilidad civil por cualquiera de las acciones u omisiones relativas al ejercicio de sus funciones”. En el caso Paula Jones versus Bill Clinton, la Corte Suprema norteamericana por votación de 9 a 0, precisó que la inmunidad civil referida no alcanza o beneficia a los actos no oficiales del Presidente.

Un presidente de la República, sea Bosch, Balaguer, Guzmán, Jorge Blanco, Hipólito o Leonel merece respeto por su investidura. Aunque soy dirigente de la oposición, reconozco en el presidente Fernández a alguien consecuente con sus amigos, y tolerante con sus adversarios. Su trato amable, fino y de correctos modales es reconocido por extranjeros y nacionales. Es culto, decente y estudioso. No es hombre de rencores ocultos, ni de persecuciones disfrazadas. Disfruta y alienta como pocos el debate de las ideas, eso sí, en un ambiente de respeto no de descalificaciones personales o intelectuales.

El presidente Fernández no puede ser asociado a determinados comportamientos reñidos con la ley por aparecer en una fotografía o asistir a una inauguración más. Eso no forma parte de su cultura. Leonel ha sido Presidente tres veces, con mayorías electorales importantes, con o sin segunda vuelta. Eso no lo logra cualquiera. Podemos estar o no de acuerdo con sus ejecutorias de gobierno, esa es la democracia, pero como dominicano y Presidente merece el respeto de todos.

Santo Domingo, R.D., miércoles, 07 de abril de 2010

http://www.listin.com.do/app/article.aspx?id=137486

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