viernes, 9 de abril de 2010

Tengo un dolor en la cultura








Andrés L. Mateo



Hace ya muchos años el padre Jorge Cela escribió un artículo con el mismo título de éste, en el cual resaltaba lo negativo de una cultura dominicana cuya característica fundamental era ser excluyente.

Y ahora yo vuelvo a sentir el mismo malestar, puesto que si la cultura dominicana es la experiencia durativa y única del mundo que de modo singular la construye, es lógico que, ante las cosas que ocurren cada día en nuestra sociedad, todos tengamos un dolor en la cultura.

Ya la cultura no es esa estación del ocio para damas rebosantes de la caridad pública, y los políticos no la pueden instrumentalizar impunemente.

La globalización obliga a pensar la cultura de otra manera, más allá de su sublime asimilación a las bellas artes, como algo consustancial de la nación en todas sus manifestaciones.

Lo inevitable del mundo de hoy es que no importa el nivel de desarrollo alcanzado por una sociedad determinada, la posmodernidad la penetra, la perfora, la rompe. Los campesinos de un pueblo de Navarrete, en el cibao, que le pusieron Madonna a una gallera, son posmodernos.

Igual que el “salvaje” de las selvas del Orinoco que baila engalanado frente a las cámaras de Discovery Channel para que yo, sentado en la sala de mi casa, me deleite.

Tengo un dolor en la cultura, porque no veo la voluntad ni el pensamiento creativo, que ayude a desbrozar el camino a un país atrapado en el designio instrumental con el que los políticos siempre la han tratado.

Con toda la fuerza del mundo de hoy, la cultura debería servir para condenar el estado de cosas que vivimos a diario. No es posible que “los culturales” ignoren lo que está pasando.

Ni el poema, ni la novela, ni la obra de teatro, ni el cuadro del pintor, ni los compases del músico, ni nada que exprese la espiritualidad del pueblo dominicano en este momento, se puede aislar de la desoladora atmósfera de la corrupción rampante y la miseria espiritual en que vivimos.

Y es por eso que tengo un dolor en la cultura, como un pálpito limpio, porque no hay nada en el ambiente que recupere el entusiasmo y la decencia. Todo está prostituido. De Ministro a ladrón no hay más que un paso. Pero todo es silencio.

La cultura debería servir para condenar a esos ladrones del erario que, además, han destruido toda posibilidad de vida institucional en el país.

Pero todo es silencio. Toda la sociedad permanece anclada a este silencio. Ni siquiera una hazaña decorativa y conmovedora que haga surgir de la propia desdicha de un país agobiado y maltrecho, una felicidad que sólo parte de la contabilidad de la mentira con la que nuestros gobernantes juzgan la realidad de hoy.

Y yo no puedo ya con este dolor en la cultura...

Santo Domingo, R.D., viernes, 09 de abril de 2010
http://quisqueyadigital.com/www/index.php?go=Display&act=display_article&tid=10&aid=6482

No hay comentarios:

Translate