Eduardo Álvarez
Sin estridencia, entró en escena. Sigiloso, sereno y callado. Poco notaron su presencia. Nadie lo vio llegar. Como tampoco nadie advirtió, en sus respectivos momentos, la presencia de Lilís, Trujillo y Balaguer. Nadie, hasta alcanzar la gloria suprema.
Destacar la presencia de su hijo en el solemne y riguroso acto de rendición de cuentas a la nación, el 27 de Febrero, fue detalle con un acento humano. Siempre he considerado el asunto de la familia presidencial como un tema de primer orden. Refrescante, agradable y noticioso, en un país como el nuestro, con arraigadas creencias religiosas y encendida fe cristiana.
Tanto como eso, este detalle me permitió recrear los 90s, en especial el año 1993, cuando lo conocí candidato vicepresidencia del PLD. Como director de Temas, lo entrevisté en su oficina de abogado. Fue notable el carácter afable y sereno mostrado. Ecuánime y maduro, resaltando un apreciable interés por la familia.
En una modesta pero acogedora oficina, atestada de libros, reservaba espacio para las fotos de sus hijos Nicole y Omar, que mostró como padre orgulloso y cariñoso. La niña, de 6 años y el niño, de 2, entonces. Había preparado, “especial para Temas”, una suerte de ficha profesional y personal, señalando las edades de sus hijos y su estado civil.
Su exposición tuvo que ser contagiante para que le diéramos este titular de portada.
“Leonel Fernández, en sucesión de relevo”, con el que publicamos la entrevista en dos páginas interiores, con fotos tomadas en la ocasión, para las cuales posó amablemente para nuestro fotógrafo. Ulises Hereaux (Lilis)
Meses después, el año siguiente, volví encontrarme con este Leonel ni tímido ni reservado, más bien locuaz. Esta vez en la oficina de prensa la embajada de los Estados Unidos. Estaba acompañado de José Rafael Vargas. Vargas me lo presentó y yo tuve que recordarle que ya le conocía, haciendo referencia a la entrevista, ya publicada.
Estábamos, todos, en procura de la agenda de la Cumbre de Presidentes de las Américas, celebra en Miami, a finales del ’94 si mal no recuerdo. Participaron mandatarios del Continente, entre ellos el presidente Balaguer [última cumbre a la que asistió como jefe de Estado].
Durante el evento, tuvimos oportunidades de saludarnos y comentar algunas ponencias, la de Balaguer entre ellas. Recuerdo que Leonel, quien se mantenía, en todo momento, en compañía de Vargas, se refirió al discurso de Balaguer con entusiasmo, calificándolo de “pieza magistral, digna de un gran estadista”.
Apóstol de la Libertad.
Dijo admirar a Balaguer, a pesar de estar de estar en desacuerdo con el caudillo reformista. No sé si era sincero o sólo lo decía para agradarme [supongo que conocía mis simpatías y militancia reformista]. El tiempo se ha encargado de explicar tan inusual admiración a un adversario político.
Después de esos encuentros, no he vuelto a conversar con Leonel Fernández, excepción de un libro que le entregué en su primer periodo como Presidente, por encargo del jefe de Estadística Oficial, de China, con quien me entrevisté, en 1997 en Beijing.
Pasado el tiempo, me explico la inquietud deportada por aquél joven candidato del PLD, hace diecisiete años. Tiene que ver más con las coincidencias generacionales, de las que habla Ralph Waldo Emerson, en Hombres Representativos. Referidas, acaso, en el emotivo canto de Ana Belén, inspirado en José Martí:
“Yo también nací en el '53
y jamás le tuve miedo a vivir.
Me subí de un salto en el primer tren
hay que ver en todo he sido aprendiz.
No me pesa lo vivido, me mata la estupidez
de enterrar un fin de siglo
distinto del que soñé”.
Santo Domingo, R.D., domingo, 24 de octubre de 2010





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