martes, 25 de enero de 2011

Del idealismo al mercantilismo


[Pasando revista a 50 años de
“vida democrática” post Trujillo]

Eduardo Álvarez

Con la caída de Trujillo, el 14 de Junio y otras fuerzas emergentes nos legaron una camada de hombres y mujeres insignes, “enfants de la patrie” forjados en las postrimerías de la dictadura. Seriamos injustos e imprecisos si atribuyéramos la exclusividad de su procedencia y comportamiento al sentimiento antitrujillista vigente, a decir verdad, sólo entre algunas minorías.

Fuerzas conservadoras, cercanas al tirano aportaron, también,  hombres como Caamaño y Fernández Domínguez. Manolo Tavares y, posteriormente, Amin Abel representaron a una izquierda, cercenada en cierta forma durante los primeros doce años de Balaguer.

Consagrados en Abril del ’65, se fueron inmolando, segregando y, acaso, desencantando, durante los treinta  años posteriores. Dieron paso, sin proponérselo desde luego, a una casta de dirigentes que ha encontrado en aquellas luchas “contra Balaguer y el imperialismo yanqui” apenas un motivo nostálgico. O un recurso de distracción,  como argumento para diletantes e intelectuales. Títulos de libros en los recrean una época fantástica y bizarra. Vil manera esa de “glorificar”, en medio del boato, el dispendio y la francachela, los sacrificios y carencias de hombres que supieron luchar con celo y amor a la patria.

"El Jefe" Rafael L. Trujillo Molina. 

Es penoso el sentido utilitario y oportunista dado a un tema tan solemne como este. Refleja la falta de escrúpulos y sentido de la historia de una camada política, devenida en una suerte de “enfants de l’entreprise”, mercaderes más empeñados en sumar y multiplicar que en emular el ejemplo de aquellos próceres, cuyas luchas e ideales dieron fundamento a su proyecto de poder. Dividir les ha reportado ventajas, por lo menos en términos políticos.

Manuel Aurelio Tavarez Justo (Manolo). 

Desprecian la educación, la lengua, la Constitución y la soberanía de la nación, con todo lo que estos valores representan, enfocados en cumbres de negocio, a las que dedican todo su tiempo, energía y atención. Como si su afán y meta fuera negar lo expresado en aquella grandeza, fuente  de la nobleza que aún vive en cada uno de nosotros.

Observan un cambio de actitud revestido de una voracidad que no guarda proporción con la capacidad creativa y sensibilidad humana necesaria para gobernar como Dios manda, a la altura de auténticos hombres de Estado. El enriquecimiento particular parece regir sus actos.  Lucro que aumenta en la medida en el resto de la población empobrece debido a los recurrentes y dramáticos incrementos de la carga impositiva y la deuda pública.

Rafael Tomas Fernández 
Dominguez junto a Juan Bosch. 

Grandes obras, construidas como fuentes nutrientes del reducido grupo dominante, acaparan la prioridad del Estado, a costa de los productores, industriales, comerciantes y una población que se le va la vida en el pago de arbitrios, impuestos y altos precios de los productos de demanda obligada. .

Con un poco de imaginación y confianza tales obras, necearías o no, son factibles sin que sea necesario quebrar las fuerzas productivas ni reducir la capacidad de compra de las familias.

Existen varios instrumentos, entre ellos, bonos o papeles financieros, ideales para financiar tales iniciativas con la participación del sector privado. Medios acreditados en las sociedades donde prima el respecto a las instituciones, la transparencia y el saneamiento en las finanzas del Estado. Brasil es un buen  ejemplo reciente.

El coronel de Abril, 
Francisco Alberto Caamaño Deñó. 

Conducir la cosa pública en sentido contrario a lo que dictan los libros contables, comenzando por el elemental equilibrio de los ingresos y egresos, conduce a la quiebra. Y no digamos del peligro que representa alterar u obviar el orden institucional, como  si los diez millones que habitantes de esta media isla fueran una propiedad privada. Es lo que Trujillo se llegó a creer, por lo cual terminó muy mal.

Decadencia inaceptable, pero entendible en un hombre viejo, salvaje e incompresible, como el tirano. Que, en tiempos como estos, políticos ilustrados lo imiten, abusando del poder, promoviendo actos de reafirmación, es ya  una cosa abominable y decrépita. Quien tiene mucho poder no necesita usarlo tan a menudo.

[Este es el primero de una serie de artículos en los que pasamos revista a 50 años de “vida democrática” tras la muerte de Trujillo, que se conmemora el próximo 30 de mayo].

Santo Domingo, R.D., martes, 25 de enero de 2011.

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