sábado, 28 de mayo de 2011

Enterrar a Trujillo


Pedro P. Yermenos Forastieri

El tema de la satrapía de Rafael Leónidas Trujillo fuera una nebulosa casi perdida en el túnel del tiempo, si esta caricatura de democracia que hemos establecido después de su eliminación física no se encargara, con tantas y tantas deficiencias, corrupción e impunidad, de traerlo a la memoria de muchos que, sin mayor rigor político, transan su libertad individual por una situación de mayor bienestar material y por una seguridad ciudadana cuya precariedad ha ido poco a poco sembrando el terror en la familia dominicana. El valor de la libertad que, en la medida en que la disfrutamos, será siempre una variable relativa, no es algo de apreciación generalizada por los ciudadanos de este país. Para esa masa, a la cual poco importa ser “libre” si hasta comer se le dificulta, son altas las posibilidades de que se muestre en disposición de preferir el horror de una tiranía ante la disfuncionalidad de una democracia. Ese es el reto todavía pendiente de este sistema casi de papel que tenemos: Trascender a niveles que hagan desterrar toda añoranza del pasado. 

La vigencia del tema de la dictadura de Trujillo se ha extendido en el país más de la natural trascendencia histórica que se deriva de un régimen que se prolongó por 31 años y que tuvo características definitorias de lo que somos como Estado. 

La causa fundamental de esa excesiva recurrencia de una etapa cuyo supuesto punto final se pondría hace hoy 50 años, ha sido lo que hemos hecho con la democracia que se pretendía instaurar una vez desaparecido el tirano. 

El devenir que ha tenido nuestra democracia posterior a la tiranía, tanto en lo que respecta a las condiciones materiales de existencia de las mayorías, como en la cultura política, explica las razones por las cuales el sátrapa no se ha convertido en apenas un simple recuerdo desagradable en la mente colectiva de una nación que en este período ha sido más diezmada que mimada; más usada que servida; más desamparada que protegida. 

Para enterrar definitivamente a Trujillo y que a ningún dominicano se le ocurra contemplar el pasado como una posibilidad política, esta democracia debe ser más tangible y menos retórica; más extendida y menos restringida; más real que ilusa; más severa que indulgente; más verdad que falsía. 

El Trujillismo retorna como opción para muchos ciudadanos de este país, todo lo confundidos que se quiera, pero todo lo comprensible que se deba, cada vez que nuestra democracia se queda sin respuesta ante tantos niños sin escuelas; ante una muchedumbre de enfermos sin remedios; ante tanto miedo de naturaleza distinta al de ayer, pero terror al fin y al cabo. 

Por eso, la manera que no hemos encontrado de sepultar una bestia, sólo físicamente eliminada, es hacer florecer una democracia que ha estado por debajo de expectativas creadas, y eso no es una culpa atribuible en sí misma a dicho sistema político. Concluir de esa forma sería una iniquidad. 

La democracia como tal no puede ser evaluada a partir de la experiencia dominicana. Los regímenes políticos son como el dinero. Por él mismo es incapaz de todo, pero la forma de utilizarlo determina consecuencias en una u otra dirección. 

Los pírricos resultados tienen responsables, en mayor o menor medida, pero todos causantes de este simulacro que tanto hace dudar de si hubo proporcionalidad entre la magnitud del sacrificio de mártires y héroes que fueron las víctimas directas más terribles de un oprobio al que no hemos sabido trascender.

Santo Domingo, R.D., sábado, 28 de mayo de 2011.

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