viernes, 27 de mayo de 2011

Madre e hijos

Eduardo Alvarez
cenitcorp@gmail.com

Una madre con sus hijos representa a toda la humanidad.

Retrato universal que desborda eso que conocemos
como “esfera pública”. Abarca a la política, partidos, medios
de comunicación, organizaciones, asambleas y Estados.
Existe una madre, real y latente, en toda mujer. Con o
sin hijos biológicos, todas asumen, con escasas excepciones,
la maternidad de manera natural y entusiasta. Es en
ella una necesidad de permanencia, una razón vital. Quienes
no han tenido hijos, protegen, aún con una mayor fuerza
maternal, a sus sobrinos, hermanos, amigos y vecinos.

De ahí la inquebrantable relación biunívoca mujer-madre
y madre-hijos.
 
En ella se proyecta el crecimiento poblacional. Constituye
el indicativo demográfico que permite cuantificar y
pronosticar el número de habitantes de un país.

Los elementos que definen a la sociedad son mutables.

Cada época y sistema ha tenido sus características. El movimiento
obrero fue un ícono del socialismo, así como el
dinero y el desarrollo tecnológico representan la era del
capitalismo en una fase superior.

Pero transiciones han puesto en juego la vigencia de las
instituciones que conforman esa “esfera pública”. No así el
valor que representa una madre con sus hijos. A pesar de
los tránsitos de la Historia, escabrosos y llanos, este valor
permanece inmutable.

Estamos hablando de un sagrado
sentido de subsistencia, intuitivo,
por tanto natural. Reflejo animal
que, paradójicamente, hace a la mujer
más humana y fiel a su compromiso
con la vida y la naturaleza.

De ahí, que veamos en cada madre
soltera, sostén único de sus proles,
a una sublime expresión de la
humanidad. Paradigma de la sociedad
y del grupo que le ha tocado ser parte. La bandera del
planeta debe estar representada por una madre al
lado de sus hijos. Sería el mayor monumento a la justicia.

En una etapa como la presente, en que la familia se ha
ido debilitando como institución sostenedora de principios
morales y decentes, es oportuno observar, valorar y respaldar
la función social de cada mujer, es decir, de cada madre.
Independientemente de la familia, núcleo del que ha sido
cabeza y sostén, siempre moral, muchas veces material.

Cuestionada la vigencia de la familia, nos queda la madre
para seguir el mandato divino de procrear y cuidar la
formación de las futuras generaciones. Enterarnos y entender
esta realidad es el primer paso para reconocer su
necesidad e importancia presente y futura.

(Madre e hijos / Del libro La imagen no lo es todo)

Santo Domingo, R.D., viernes, 27 de mayo de 2011.


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