martes, 21 de junio de 2011

Mi padre visto desde adentro

Jottin Cury Hijo

Desde muy temprana edad fui conociendo la trayectoria de mi padre por medio de amigos y  elacionados, quienes me manifestaban su admiración por el papel estelar que había jugado en la vida pública de nuestro país. Fue así como se encendió la chispa de mi curiosidad y comencé a verlo desde una óptica diferente, dedicándome a estudiarlo en todas sus dimensiones, especialmente la humana, que es a mi juicio la más importante.

Cumplí mi primer año durante la revolución de abril de 1965; el canciller de hierro no titubeó para salir de la zona de los constitucionalistas y cruzar la calle Pasteur para asistir brevemente a mi cumpleaños que se celebró en el colegio San Luis Gonzaga. Su presencia produjo asombro entre los que allí estuvieron.

Asimismo, en plena revolución un agente de la CIA se le presentó a mi madre para sugerirle que convenciera al Dr. Cury de renunciar al movimiento constitucionalista. El enviado norteamericano le mostró un trozo de papel con un lado oscuro y otro dorado, indicando: “Si su marido acepta la propuesta, su futuro y el de su hijo será de este color, mostrando el lado claro del papel que tenía en sus manos; en caso contrario, será de este otro, dándole vuelta al papel”. Grande fue la indignación del Dr. Cury cuando se enteró de esta afrenta, denunciándola de inmediato al Sr. Bunker, quien le pidió excusas por ese desatino.

Honesto, incorruptible, valiente, generoso y humilde fueron algunas de sus innumerables cualidades. Siempre nos reprochaba cuando asistíamos a la ofi cina sin corbata. Afi rmaba que en una ocasión salvó la vida gracias a ella cuando, en medio de una balacera en el cementerio de la Ave. Independencia, pudo salir caminando por la puerta principal con la misma calma que había entrado. Con su habitual sentido del humor, le atribuía a la vestimenta –en este caso al uso del saco y la corbata–, el hecho de haber escapado ileso.

Esto contribuyó a que no lo asociaran con el resto de las personas que huyeron de forma desorganizada de la agresión policial.

Cuando era estudiante de derecho, recibí una gran lección: Un señor deseaba presentarle un caso importante, pero tenían que hablar personalmente y fue su deseo que le acompañara al encuentro. Lo primero que planteó el interesado era que podría cobrar cualquier suma de dinero a título de honorarios profesionales. Acto seguido, mi padre en pleno conocimiento de lo que se trataba, cortó gentilmente la conversación y le indicó que no se hacía cargo de asuntos de esa naturaleza.

Luego de haberse marchado el visitante, me dijo que no todo el dinero se gana. Me percaté entonces de su inquebrantable decisión de evitar hacer causa común con todo aquello que perjudicase la integridad de un buen ciudadano.

No pocas veces, siendo ya un adolescente, lo vi tomar carros públicos con toda naturalidad para ir a su ofi cina.

Recuerdo que en una ocasión se le dañó su vehículo y un mensajero lo reconoció y le ofreció una bola en la cola de su motor. Ese testimonio lo manifestó posteriormente el empleado en una actividad de la empresa a la cual servía, asombrándose de que una fi gura como el Dr. Cury aceptara trasladarse a su trabajo en su modesto medio de transporte.

Pude observar cómo el Dr. Joaquín Balaguer le dijo un día: “Jottin, tú nunca me has pedido nada” y mi padre, siendo Consultor Jurídico del Poder Ejecutivo, solo solicitó una silla de ruedas para un minusválido que pedía limosnas a varias cuadras de su casa.

Se esforzaba para ayudar a tantas personas humildes a obtener lo necesario para resolver problemas de diversa índole.

Las puertas de su despacho siempre estuvieron abiertas para el público en general, sin importar su condición social o económica.

Me enseñó que es más gratifi cante dar que recibir. Se agitaba cuando se le atravesaba un indigente y no tenía algo para proveerle. Se indignaba con vehemencia del abuso de los fuertes contra los débiles, de las injusticias sociales propias del sistema capitalista y repudió toda su vida la corrupción tanto pública como privada; una de las razones por las que abandonó la política partidaria.

No fue un devoto cristiano, pero predicó con el ejemplo. Nunca le interesó acumular fortuna. Estaba consciente que el buen nombre era lo más importante.

Jamás claudicó en la defensa de sus ideales y siempre estuvo al lado de los mejores intereses de la patria.

Fue sin lugar a dudas un hombre excepcional que dejó un fuerte legado no solamente a su familia, sino al pueblo dominicano. Lejos de recordarlo con tristeza, lo evocamos con orgullo, puesto que su trayectoria constituye un faro de luz para la presente y futuras generaciones. Su ideal permanecerá vivo en todos los dominicanos de buena voluntad.

Santo Domingo, R.D., martes, 21 de junio de 2011.

http://www.presenciadigitalrd.blogspot.com/opinion/2011/06/21/Mi-padre-visto-desde-adentro

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