domingo, 19 de junio de 2011

Mujeres en el campo


EDUARDO ÁLVAREZ
cenitcorp@gmail.com

La quiebra de los productores de ajo y habichuelas, de Constanza y San Juan de la Maguna pudo haber desalentado a productores de otros rubros. 

Pero no ha ocurrido así, por lo menos en el notable caso de mujeres que, en Mao, Esperanza, Santiago, Constanza y Jarabacoa, han decido abandonar sus cómodas y convencionales vidas citadinas para irse al campo, a sembrar la tierra y cosecha guineo, plátanos y lechugas. 

Tenemos suficientes motivos para celebrar la incursión de mujeres que han encontrado en la agricultura un medio de producción exitoso y la oportunidad de ir más allá del clásico rol de madres, esposas y amas de casa que, ordinariamente, les reservara sus vidas matrimoniales. 

Rosa Ferreira y Miladys Almanzar, esperanceñas. Primero profesionales, ahora dedicadas a la producción de guineo en Mao y Esperanza. No se pueden quejar de sus respectivas vidas familiares. Tampoco de logros alcanzados en su primera juventud. La producción de guineo para exportación, además de llenar sus días, la viste de botas, pantalones fuerte azul, camisas mangas largas, gafas oscuras y sombreros de cana y alas anchas. 

Vivir en Santiago no les impide viajar cien kilómetros a encontrarse con el candente sol del mediodía. Han aprendido a mezclarse entre las duras jornadas con climas inclementes, confundidas en la bulla y el sudor de trabajadores, descalzos y armados de machetes. 

Las conozco, a las dos, desde niño. Fueron a la universidad, se hicieron profesionales y alcanzaron metas comprensibles. Galardones comunes de vidas ordinarias. El riesgo de la agricultura les ha dado una cultura empresarial invaluable. Un sentido de independencia que no cambian por nada. 

Creía que Miladys y Rosa eran fenómenos aislados, golondrinas en verano. Sin embargo, esta semana tuve la dicha de conocer a dos hermanas, residentes es Bella Vista [Santo Domingo], esposas de ricos empresarios, que han emprendido el camino que las lleva al campo. Tras graduar a sus hijos con honores, en el Carol Morgan, han decido vestirse de jornaleras, para producir lechuga en las frías estribaciones de Jarabacoa. 

Me cuentan que apenas siguen los pasos de otras dos amigas que cumplieron con su tarea de educar a sus hijos para, luego irse a Constanza a cosechar rosas. 

Con las malas noticias de los productores de ajo y habichuelas nos llegan las buenas acerca de acomodadas amas de casas dedicadas a la producción agrícola. Por suerte, en medio de tantas adversidades, nos quedan rosas… y buenos ejemplos para decirnos que no todo está perdido.


Santo Domingo, R.D., domingo, 19 de junio de 2011.

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