lunes, 11 de julio de 2011

Gente como uno


EDUARDO ÁLVAREZ

Los presidentes de estas repúblicas bananeras parecen figuras de cera. Impávidos, miran sin ver y ven sin mirar. Oyen sin escuchar. Imperturbables, hacen lo posible por diferenciarse y poner distancia entre los demás. Sus agendas personales, si es que las tienen, no van más allá de dos o tres protegidos y asociados.

 No sabemos si esto obedece a un disparatado plan de imagen o, simplemente, el poder les enajena el poco carácter o personalidad que hay ellos. Permanecer auténtico, colmado de éxitos y glorias,  es cosa de gente de naturaleza sencilla, de elevada condición, antes y después de pasar por el poder.


Los presidentes Daniel Ortega, de Nicaragua, 
y Barack Obama, de los Estados Unidos.
Mientras en estos países pobres florece el caudillismo, casi a manera de levitación,  de la forma más atrasada y ridícula, en los desarrollados, como Estados Unidos, Francia, Italia y Alemania, los mandatarios son de carne y hueso, con sus vicios y virtudes. Gente como uno. Estas sociedades les exige ser de verdad y por estos lados se dan el lujo de ser de mentira.

Al presidente Obama le encanta ser Obama. Sentado en el trono del país más poderoso, si se comportara como un dios, ajeno a todo el mundo, seria otra cosa, menos el hombre que el pueblo norteamericano desea tener.

Berlusconi es un mujeriego empedernido que no cambia su vida por las reglas y el protocolo que el poder exige a manera de hipocresía.  Sarkozy no le sigue los pasos a su colega italiano posiblemente por las manos duras, la cara bonita y el cuerpazo de Carla Bruni, diosa francesa que le roba el corazón. Como puedes ver, esta es gente como uno.

William Shakespeare. 

Lo verdadero en tanto signo de grandeza. Estadistas que se excitan, alegran, lloran, te dan una palmadita en la espalda, brincan y patalean, como cualquier mortal. “Verdaderamente, el ser grande no consiste en agitarse sin una razón poderosa; antes bien, en hallar noble motivo por un quítame allá esas pajas cuando está en juego el honor” [De Hamlet / Shakespeare].

Aquí nos las pasamos exigiéndoles sinceridad a los líderes políticos, mientras exaltamos, con asombro, cualidades que no concilian con tal virtud. Se oye decir que este  o aquél Presidente “se traga un serrucho al revés o un tiburón  sin eructar.”Vaya destreza. Gran cosa. La boa constrictora come hasta llenarse y luego duerme para despertar sólo cuando le da  hambre.

Leonel y Margarita, entre las nubes.

Se acaba el mundo en su alrededor y el Presidente como si nada. “Eso es lo que se llama un león”, celebran y par de tontos. Les importa un bledo que el lago Enriquillo se trague al Sur o  que las inundaciones hayan sacado de sus tumbas a decenas de cadáveres en el Cristo Redentor. Mucho menos que el cólera mate a medio centenar y tenga a este país en las cuatro esquinas. Esas no son cosas del Presidente, entienden esos tunantes.

En Brasil, México y Estados Unidos  vemos a sus presientes acudir, prestos,  a socorres a familias en apuro por tal o cual desastre natural. Sin embargo,  aquí, las humanas y sencillas, parecen ser cosas ajenas al poder. Eso nos han hacen creer los que, por el momento, ocupan el Palacio.

[El titulo de este artículo es gratamente tomado, por supuesto, de la premiada película de Robert Redford, estrenada en 1080].

Santo Domingo, R.D., lunes, 11 de julio de 2011.

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