JULIO CÉSAR CASTAÑOS GUZMÁN
Abraham Lincoln aparentaba a los doce años no tener ninguna esperanza de trascender de la que entonces era su ocupación de barquero en el Mississippi y atendiendo un almacén de campo en New Salem, ya que, no estaba siquiera totalmente alfabetizado. Pero, el destino de este joven, que también fue leñador, estaba muy por encima de sus perspectivas aparentes.
Cuenta la historia que un vecino remató un barril con algunas de sus pertenencias por cincuenta centavos de dólar. Dentro del mismo se encontraban unos pocos libros de derecho que el joven Lincoln leyó en una temprana iniciación a la ciencia jurídica, nada más y nada menos, se trataba de los “Comentarios sobre las leyes de Inglaterra”, de Blackstone, en IV Tomos.
Los Commentaries fueron devorados con fruición por el joven y asimilados a profundidad, como pudo evidenciarse años después.
Después de que se apuntaló en la gramática de Kirkham, Lincoln abrevó en obras trascendentes como “La Decadencia y Caída del Imperio Romano” de Gibbon, la “Historia Antigua” de Rollin y “La Edad de la Razón” de Paine.
Además, fue un conocedor a profundidad de las obras de Shakespeare, “Hamlet”, “El Rey Lear” y “Macbeth”.
Esto último unido a su dedicación, amor a la justicia, y a los conocimientos de agrimensura adquiridos en la práctica como ayudante en la medición de fi ncas y predios de granjeros, lo invistió con notable sentido común y conocimiento de los hombres.
Tal y como lo narra Faustino Domingo Sarmiento, en su obra “Vida de Abraham Lincoln”, el gran abogado y presidente de los Estados Unidos inició desde muy joven, a la edad de 20 años, su entrenamiento jurídico haciendo de escribiente en un despacho de abogados de Springfi eld.
Al decir, del gran humanista argentino, Lincoln declaró, que en medio de su pasantía cayó en cuenta de que no se puede ser abogado a carta cabal sin saber y comprender antes que todo lo que signifi ca la palabra “demostrar”; y, entonces, abandonó el despacho que lo acogía y se puso a estudiar en casa de sus padres hasta demostrar cualquier proposición contenida en los “Seis Libros” de Euclides.
En efecto, “probar” no es necesariamente “demostrar”, la demostración tiene por objeto la presentación lógica de una afi rmación o hipótesis que se muestra cierta a través de la propia articulación de corolarios subsecuentes, y de hecho, los teoremas con que todos nos iniciamos en la geometría plana o del espacio terminan con el colofón, l.q.q.d., es decir, “lo que queda demostrado”.
Probar y demostrar no es lo mismo.
De hecho muchos abogados tropiezan con la difi cultad de manejar objetivamente la prueba sin conseguir demostrar, ni al juez ni a nadie, la verdad fuera de toda posibilidad de duda, el núcleo irrebatible de una defensa o la infalible certeza de una acusación. Por lo tanto su desempeño profesional podría tornarse vano e inefi caz.
Después el intenso ejercicio como abogado de ofi cio y defensor público en un tribunal ambulante (el Octavo Tribunal de Circuito) que recorría en una carreta el medio oeste norteamericano administrando justicia en campos y pequeñas localidades, fueron dando a conocer este extraordinario varón de leyes, que ejercía de pueblo en pueblo montado a caballo. Sus herramientas eran la inteligencia y la palabra.
Domingo Faustino Sarmiento.
La salida oportuna, el chiste y la historieta tendente a ridiculizar testigos y partes, hicieron de este gigante toda una leyenda.
En una oportunidad le pidieron en New Salem que defendiera un viejo amigo llamado Duff, a quien se acusaba de asesinato. Un testigo afi rmaba que lo había visto cometer el crimen a la luz de la luna llena. Lincoln sacó un almanaque y demostró que esa noche había luna nueva, y que por lo tanto el testigo estaba mintiendo. El acusado quedó en libertad ese mismo día.
Era un gran conciliador en su ejercicio profesional tal y como él mismo expresara en unas notas sobre derecho práctico de su autoría.
“Persuade a tus vecinos de las ventajas de un arreglo, haciéndoles saber que muchas veces el que es declarado ofi cialmente vencedor es el que más pierde en costas, honorarios y tiempo.
El abogado que se dedica a pacifi car los ánimos tiene cien oportunidades de ser un hombre honrado”.
Podríamos afirmar que las condiciones indispensables del jurista y buen abogado, es decir, “saber hablar, saber escribir y saber buscar”, desarrolladas por Henri y León Mazeaud, en su clásica obra, “Ejercicios Prácticos”, tenían en él una especial conjunción.
En una oportunidad un individuo acudió a él para evitar pagar un impuesto por su ganado: -Tengo dos bueyes- le explicó -y no los uso; los tengo siempre en el establo.
-Si nunca los saca es como si fueran parte del establo ¿no? -inquirió Lincoln-. Pues en ese caso, pida que se los incluyan entre los bienes inmuebles.
Era capaz de usar el fi no escalpelo de la ironía y la malicia, tal y como lo demuestra su intervención mientras postulaba en un proceso por estafa de caballerías, en el que tenía por contrario a Logan, su antiguo amigo, y reparando Mr. Lincoln en que el abogado contrario se había puesto la camisa al revés; inició su defensa arguyendo: “El señor Logan ha hablado por espacio de una hora, para demostrar a estos hombres sencillos los conocimientos que ha adquirido recientemente en un libro de veterinaria. Pero ¿cómo podríamos confi ar en su pericia en cuestión de caballerías si ni siquiera sabe ponerse a derechas la camisa...? Por supuesto que Lincoln ganó la causa.
Su sentido común lo sacó más de una vez de un apuro, por ejemplo se cuenta que en una oportunidad, fue contratado por un acreedor al que un deudor moroso le debía dos dólares con cincuenta centavos, Lincoln le advirtió que sus servicios costarían más que la deuda, aceptándolo el interesado. Entonces pidió un adelanto de diez dólares, y a seguidas llamó al abogado contrario, repartió con éste los diez dólares, e hizo que pagara la deuda, dándose por cerrado el caso.
Grant.
En medio de la Guerra de Secesión americana Ulises Grant era el mejor general que tenían los federales. Mientras él ganaba todas las batallas, los demás las perdían. Esto despertó la envidia de los demás, que empezaron a acusarlo de ser un borracho. Uno de ellos fue a ver a Lincoln para contárselo.
El presidente se mostró interesado por la información. Y preguntó al acusador con qué licor se emborrachaba Grant.
-Con whisky-dijo el envidioso. Lincoln le pidió que averiguara la marca de whisky que bebía el general, y cuando lo supo, dijo: -Pues, que envíen una caja de ese whisky a todos los generales, a ver si ganan batallas como el general Grant.
Era incapaz de aceptar un asunto en el que su cliente no tuviera la razón. Para ilustrar esta afi rmación se cuenta que una señora le envió la suma de doscientos cincuenta dólares para que se encargara de su defensa, pero él le devolvió íntegro el dinero con esta nota: “No encuentro un solo clavo donde colgar sus pretensiones”.
En una ocasión impidió la estafa que iba a ser perpetrada por un malandrín apropiándose fraudulentamente de una propiedad que pertenecía a una joven demente. Lincoln ganó la causa en quince minutos. Una hora después su socio W. Lamon vino para repartir con él sus honorarios de doscientos cincuenta dólares. Y él no quiso aceptar esta cantidad, que ya había sido convenida, alegando que se trataba de una muchacha demente e indefensa, y por lo tanto él entendía que debían cobrar la mitad.
Santo Domingo, R.D., domingo, 07 de agosto de 2011.
http://listindiario.com.do/puntos-de-vista/2011/8/6/198737/El-abogado-Lincoln






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