Pedro P. Yermenos Forastieri
Nunca ha existido en el país un auténtico enfrentamiento
a la corrupción pública y privada las cuales, pese a la escasa importancia que
se le presta a una y otra, han sido causas de primera línea en el estado de
atraso que ha caracterizado nuestra historia.
En ese aspecto, entre nosotros ha primado
una actitud pendular que se mueve entre la más descarada impunidad,
complicidades de la peor naturaleza, y una que otra intervención nunca hecha
con espíritu de extirpar el mal, sino con deleznables propósitos y como puro
ejercicio de simulación.
Ahí están las estadísticas que demuestran
el reducido trecho que han transitado las acciones judiciales emprendidas, de
tal suerte que, si a partir de ellas fuéramos a concluir, podríamos proclamar
que habitamos uno de los escasos territorios liberados del flagelo del robo y
la extorsión, cuando se sabe que es todo lo contrario.
Hasta en la trascendente jornada emprendida
contra un ex presidente de la república, debimos escuchar con posterioridad a
su taimado emprendedor expresar que se había arrepentido de su iniciativa.
Claro, fue la mejor manera que encontró de no admitir que apenas lo había hecho
por simple conveniencia politiquera, sin que eso implicara que no existían
razones para accionar contra el imputado.
Es que, con aplastante mayoría, hemos sido
gobernados por idénticos intereses y, por eso, conscientes sus representantes
de que no les conviene que el tema sea abordado a profundidad, actúan en la
misma dirección, la de sólo enfrentar el asunto con los mínimos requeridos para
guardar la apariencias.
De esa forma y ante tanta hipocresía, el
fenómeno no sólo permanece, sino que se incrementa cada día, con la agravante
de que los despojos al patrimonio de todos son cada vez más lesivos y, en ese
sentido, causantes de mayor daño a nuestras posibilidades de avanzar como
nación.
La historia se repite con los recientes
acontecimientos de uno y otro lado. En ambos casos, se prefiere el circo, el
espectáculo que distrae, antes que, como es debido, la acción responsable y
directa ante las instancias institucionales para que todo se dilucide como
pautan las reglas.
Ninguna de estas luces de artificio puede
analizarse al margen de una competencia electoral entre iguales, en la que
ambos advierten, amenazan y amagan, pero que, en ningún caso, van más allá, porque
a todos les conviene que el pus no sea presionado para que el desparrame no los
alcance.
Santo Domingo, R.D., martes, 21 de febrero
de 2012.

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