martes, 21 de febrero de 2012

Así no



Pedro P. Yermenos Forastieri 

Nunca ha existido en el país un auténtico enfrentamiento a la corrupción pública y privada las cuales, pese a la escasa importancia que se le presta a una y otra, han sido causas de primera línea en el estado de atraso que ha caracterizado nuestra historia.

En ese aspecto, entre nosotros ha primado una actitud pendular que se mueve entre la más descarada impunidad, complicidades de la peor naturaleza, y una que otra intervención nunca hecha con espíritu de extirpar el mal, sino con deleznables propósitos y como puro ejercicio de simulación.

Ahí están las estadísticas que demuestran el reducido trecho que han transitado las acciones judiciales emprendidas, de tal suerte que, si a partir de ellas fuéramos a concluir, podríamos proclamar que habitamos uno de los escasos territorios liberados del flagelo del robo y la extorsión, cuando se sabe que es todo lo contrario.

Hasta en la trascendente jornada emprendida contra un ex presidente de la república, debimos escuchar con posterioridad a su taimado emprendedor expresar que se había arrepentido de su iniciativa. Claro, fue la mejor manera que encontró de no admitir que apenas lo había hecho por simple conveniencia politiquera, sin que eso implicara que no existían razones para accionar contra el imputado.

Es que, con aplastante mayoría, hemos sido gobernados por idénticos intereses y, por eso, conscientes sus representantes de que no les conviene que el tema sea abordado a profundidad, actúan en la misma dirección, la de sólo enfrentar el asunto con los mínimos requeridos para guardar la apariencias.

De esa forma y ante tanta hipocresía, el fenómeno no sólo permanece, sino que se incrementa cada día, con la agravante de que los despojos al patrimonio de todos son cada vez más lesivos y, en ese sentido, causantes de mayor daño a nuestras posibilidades de avanzar como nación.

La historia se repite con los recientes acontecimientos de uno y otro lado. En ambos casos, se prefiere el circo, el espectáculo que distrae, antes que, como es debido, la acción responsable y directa ante las instancias institucionales para que todo se dilucide como pautan las reglas.

Ninguna de estas luces de artificio puede analizarse al margen de una competencia electoral entre iguales, en la que ambos advierten, amenazan y amagan, pero que, en ningún caso, van más allá, porque a todos les conviene que el pus no sea presionado para que el desparrame no los alcance.

Santo Domingo, R.D., martes, 21 de febrero de 2012.

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