Orlando Gómez Torres
Con la destitución de Fernando Lugo en Paraguay, los países latinoamericanos son llevados a una prueba no muy distinta a la que supuso la destitución de Manuel Zelaya en Honduras, y lamentablemente parecen determinados en cometer los mismos errores. Lo ocurrido en el país del sur se enmarcó dentro de lo establecido en su Constitución, y las cuestionantes legales, que naturalmente las hay, son de competencia exclusiva de su justicia y no de los pareceres de sus vecinos. El momento llama a la prudencia, sin embargo, como clara demostración de la torpeza que impera en la diplomacia de nuestros países, los latinoamericanos hemos saltado al teatro de las bravuconadas.
Si bien en Latinoamérica las quejas contra el supuesto injerencismo estadounidense es la norma, resulta curioso que estos no pongan mucho reparo en intervenir en asuntos internos de sus vecinos. Hasta ahora, los resultados son vergonzosos.
En el caso de Honduras que, no muy distinto a este, resultó de un proceso quizás cuestionable pero definitivamente legal, degeneró en la rasgadura de vestimentas de los mismos líderes de ahora. Luego de meses de buscar una reposición de facto del gobierno de Zelaya, al final debieron aceptar el hecho consumado y reconocer al gobierno democráticamente electo de Porfirio Lobos. Hoy Honduras, pese a las bravuconadas de sus vecinos, se encuentra relativamente normalizada y Zelaya aún bien lejos del poder.
Fernando Lugo.
El Congreso de Paraguay actuó dentro de las facultades que le otorga su Constitución. La forma casi sumaria del proceso es legalmente debatible y es razonable que sea evaluada y ponderada para determinar su validez, pero esto lo debe hacer la Corte Suprema de Paraguay, y no el conjunto de sus vecinos.
A diferencia de los golpes militares de antaño, las destituciones por vía de los poderes públicos con facultad constitucional para ello, como en los casos de Honduras y Paraguay, deben ser tratadas notoriamente distintas a la forma asumida por parte de los distintos gobiernos latinoamericanos.
Una vuelta de Lugo a la Presidencia como resultado de la presión de los países vecinos, solo podría subsistir disolviendo los demás poderes del Estado, en lo que constituiría un verdadero golpe de Estado y la extinción de la democracia constitucional de Paraguay.
Por el momento en Paraguay, hasta que un tribunal competente determine lo contrario, prevalece el Estado de Derecho y la estabilidad civil y política.
Lo diplomáticamente sensato para los países latinoamericanos es conservar la calma y pedir la resolución pacífica y bajo los preceptos constitucionales de la actual situación en Paraguay. El afán de protagonismo y el injerencismo solo llevarán a un desenlace con consecuencias notoriamente peores a lo que ya se tiene, y eso no conviene ni al país con el que se meten, ni a ellos mis
Santo Domingo, R.D., miercoles, 27 de junio de 2012.


1 comentario:
Este jovencito es un reaccionario intrínseco; todos sus artículos van por la misma linea y siempre se queda en la superficie , es un leguleyo empedernido y termina siempre defendiendo los intereses de la minoría reaccionaria.Olvida que no siempre lo legal es justo.
Publicar un comentario