Eduardo Álvarez
Una plena campaña electoral. Entran Hipólito, Danilo, Leonel, Margarita, los jueces de la Junta Central Electoral [JCE] y otros candidatos. La JCE dice estar preparada, mientras intercambia papelitos por debajo de la mesa con Danilo y Leonel. Hipólito se que de aquel compincheo y de que dejar al encargado del centro de cómputos de esa junta es como poner la Iglesia en manos de Lutero.
El presidente de la JCE dice que lo lamenta, pero que Hipólito se encuentra allí, no para cuestionar a la JCE, sino para responder a unos enemigos duros; unos rebosantes de dinero y manas, y el otro lleno de odio, que le importa un carajo lo que pase en su país y en su partido. El candidato del PRD dice que, como no hay medio legal de sustraerse a su odio, se armará de valor y lo aceptará. El juez que encabeza el tribunal ordena la presencia del enemigo que pide la cabeza de Hipólito.
El juez presidente lo llama. Entra Miguel. El juez le recuerda que todos piensan que su intención ha sido seguir con un juego cruel hasta el final y que ahora, concluida de la jornada, se espera que muestre clemencia. Todos, menos él, esperan que renuncie a privar su partido, el que él preside, de volver al poder tras ocho años sin ver a linda.
Miguel contesta que ya todo el mundo sabe que está dispuesto a cobrar lo que dicta su regla personal, cual ley del Talión [ojo por ojo…], y que la única razón que expone para ello es que esa es su voluntad, que tiene un odio extraordinario hacia Hipólito y que eso le lleva a intentar un proceso ruinoso, incluso para sí mismo. El juez le pregunta de nuevo, como procurando una respuesta reflexiva, si estaba satisfecho con la respuesta. Los amigos y seguidores de Hipólito le recriminan su crueldad y Miguel dice que no busca agradar, nada más que una dulce venganza. Alguien del público presente grita, exaltado: ¡no discutas con quien odia; es como hablar a la pared, pues no hay corazón más duro que el odio! Los seguidores de Hipólito le ofrecen a Miguel las posiciones que desee, si es que de aspiraciones se trata.
El suicido de Porcia, de Pierre Mignard. Museo de Beaux-Arts de Rennes.
El presidente del PRD pregunta, haciéndose el sueco, que de qué clemencia le hablan si no ha hecho nada. Sólo pide lo que es suyo, esto es el PRD, por tanto le corresponde hacer lo que le venga en ganas con este partido. En eso, entra Porcia en traje de abogado. Le pregunta a Hipólito si, como venció a Miguel para obtener la candidatura presidencial, no está dispuesto a reembolsarle el dinero gastado. Sin embargo, Miguel se mantiene firme, no cede ante el dinero, así que Porcia se dispone a hacer cumplir lo estipulado. Le dice que tome la libra de carne, perdón, el PRD, que es lo que, en verdad, desea destruir. Pero con tu partido derrotado por el Estado, has conseguido desramar su sangre. Sin importar, Miguel sigue obstinado en su venganza. Falta saber si la advertencia de Porcia cobra cuerpo en el PRD, como ocurrió en El mercader de Venecia. Después de todo, esta es sólo la parodia de una simple obra de teatro que tiene poco que ver con nuestro folklore político. Los nombres y situaciones son puras coincidencias.
Santo Domingo, R.D., viernes, 01 de junio de 2012.



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