Tony Raful
Cuenta Pietro Citati, un historiador de mitos de la historia universal, que cuando los viajeros de los siglos XVII y XVIII atravesaban en primavera la inmensa estepa que desde Ucrania llevaba hasta Siberia, observaban junto al camino unos túmulos, ora aislados, ora en grupos, ora en pequeños, ora de más de veinte metros de altura.
El viaje se interrumpía durante unos cinco minutos o unas horas. Alrededor se extendía una alfombra de flores: tulipanes silvestres, lirios amarillos y violetas, amapolas, ranúnculos, jacintos de color púrpura, anegados en una hierba blanca y plumosa como un mar de plata; mientras tanto a lo lejos, en el aire celeste y transparente, pasaban figuras veloces de los ciervos, de los lobos grises y azules, de la águilas y de las avutardas.
Los viajeros no sabían que en aquellos túmulos yacían los cuerpos de los grandes señores escitas, cuyas costumbres y empresas habían leído apasionadamente en Herodoto. Y grande fue su sorpresa cuando descubrieron al cruzar las puertas de los grandes túmulos, debajo en cámaras funerarias, a menudo construidas con enormes bloques de piedra y forradas de fieltro, yacían los escitas que tanto habían estimulado sus fantasías en los libros.
Estaban allí los grandes señores, sus esposas, los cocineros, los palafreneros, los sirvientes, los mensajeros: diez o doce caballos con máscaras de oro recubriendo los hocicos, recipientes de oro, zarcillos u anillos de oro, brazaletes de oro y perlas, cinturones decorados con placas de oro, aljabas llenas de puntas de flechas, espejos de bronce, espadas, tapices persas, copas griegas, sedas chinas, carros de guerra, pellizas y los juguetes de los niños.
Alguien había esparcido por el suelo montones de tierra negra, húmeda y nutricia, traída desde lejos porque cada tumba era un simbólico campo de pastoreo celestial por el que el difunto guiaba sus majadas, junto con los caballos y las personas que amaba. Y cual no sería su sorpresa, sobre todo cuando un explorador encontró una tumba llena de hielo.
Durante algunos minutos contempló a los señores y caballos tal como habían sido en vida, conservados por el hielo, todo parecía vivo, inmóvil para siempre: las alfombras persas, las sedas chinas, los cisnes de fieltro maravillosamente preservados. Después el hielo se fundió, los objetos se disolvieron y aquel breve sueño de inmortalidad desapareció.
La idea es recurrente, civilizaciones enteras desfilaron por los bordes de la perennidad, incluso como los escitas lograron inficionarse en su cuerpo infinito, la penetraron, conservaron en el hielo durante siglos su paso a la eternidad, con sus caballos, con su oro, con sus sirvientes, con sus pertenencias. En unos segundos fueron devueltos al polvo.
¿Quién dice que no vivieron la certidumbre de una trascendencia dimensionada a un campo de imagen y utensilios, consagrados en sus formas más puras al detener el sigilo corrosivo de la muerte? La poesía, la más alta visión de trascendencia de la cultura universal, porque emana de fuentes misteriosas, intuitivas, prodigiosas, articuladas en una crisis preexistente de búsquedas y aguijones transfigurados, arriba a la metafísica procurando los contactos del alma, la idea si se quiere difusa de un entendimiento divino, cuya expansión no tiene límites en su arqueología semántica de culturas y lenguas. Durante los interregnos de la creación literaria, la poesía metafísica nos salva, como a los escitas, ese puñado étnico persistente, nos preserva de la idea de la muerte como fin, de la muerte como exterminio de las formas plurales de la existencia y del desamparo vital, del desconocimiento y la incapacidad evolutiva, para aquilatar los procesos de la espiritualidad como conquista de un plano superior de vida.
Por eso, cuando Borges citando a Schopenhauer dice que “somos el otro”, que todo hombre es todos los hombres, está asegurando que somos los escitas, que marchamos con nuestras fortunas y haciendas, materiales sicológicos, hacia la eternidad, que buscamos en los grandes bloques de hielo la conservación de nuestras formas y la salvación de nuestras almas, y que éstas, como las de los escitas, sobrevivirán a toda desafección de los sentidos, por un ciclo más, por una temporada más en los refugios de la memoria visual y concreta, que vamos como peldaños colocados en ruta al infinito.
Jorge Luis Borges.
El mundo es un cascarón vacío pero podemos llenarnos de intuiciones trascendentes. El fracaso del experimento humano se transforma en cada átomo de amor, en cada propósito de eternidad, en cada chispa de crecimiento espiritual. La eternidad es un sueño, los escitas se instalaron en él con todas sus pertenencias. Apostaron al trueno y al misterio. En la complejidad post moderna, la criatura humana presenta viejas y nuevas anomalías, vive el instante y lo llena de cabriolas y angustias.
En el imaginario de la conquista su obra es ruina y apariencia, parecer y no ser. El miedo y la codicia siguen unidos, pero el sueño persiste. En esa contradicción perpetua el amor lo cambia todo, por una temporada, por un tiempo cautivo, por una imaginación de bloques de hielo, como los escitas. Como ellos, trepados en la quimera, reiniciando la vida sobre rieles, en ayuntamientos de ternura, en confesiones de miserias. Un día las energías abastecidas repondrán el paraíso y sus vecindades de luz y amor divino.
Santo Domingo, R.D., martes, 13 de diciembre de 2011.


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