Por Eliades Acosta Matos
De Diario Libre
"El que entra una vez, ya no sale"- fue lo que escuché de labios del mismísimo Jefe, y no se estaba refiriendo, aunque podría parecerlo, a esos locos de la proyectada invasión de Cayo Confites, sino a nuestra propia gente.
Pensándolo bien, la verdad es que tenía, y sigue teniendo, toda la razón. Y no solo por aquello de que el Jefe jamás se equivoca, sino porque la tiene. Mirando el caso, es justo que quienes hemos comido de su mano y ascendido grado a grado en el Ejército o la Policía Nacional, gracias a su benevolencia; levantado, primero una casita modesta, luego una más grande, y al final, un palacete con piscina y jardines; esos, de nosotros, que empezamos con media vara de hambre en el estómago y la piel reseca y pegada a los huesos, unos Don Nadie semi-tuberculosos y llenos de lombrices, hijos de jornalero y lavandera, en el mejor de los casos, o de machetero y cuero de batey, en el peor, y que hoy estamos rollizos como puercos en ceba, y nos hartamos con todo lo bueno para comer y tomar que hay en este mundo; que tenemos fincas, terrenos y bastardos regados por media isla; que nuestros hijos reconocidos son cadetes de aviación para seguir sirviendo al hijo del Jefe, y que a pesar de lo feo, gordo y viejo que somos, disponemos de media docena de niñas donde desfogar los ardores y practicar todo lo nefando imaginable, nosotros, repito, todo se lo debemos al Jefe, y si nos hemos salpicado de sangre, o tenido que hacer cosas terribles, ha sido por la piscina y las niñas, digo, por el agradecimiento debido a quien nos ha hecho personas.
Por eso es que comprendo, y no discuto, Dios me libre, eso de que "el que entra una vez, ya no sale". Y tiene que ser así, porque lo que en el fondo nos une a todos, en esta tarea tremenda de domar a un pueblo levantisco y malagradecido, formado por gente ociosa y pendenciera; lo que los ha hecho doblar el lomo y levantar esta hermosa obra de engrandecimiento nacional a la que el Jefe nos convocó; respetar el orden y la ley, bajar la vista ante la autoridad, y no acuchillarse entre sí, después de dos tragos, y los acordes de un perico ripiao, ha sido la batuta de ese mismo Jefe, y modestia aparte, la muñeca que tenemos los que lo seguimos ciegamente. Por eso es que toda la autoridad, finalmente, descansa en el silencio, en el secreto, en el misterio que envuelve el cómo se logran las cosas, para que pareciendo mágicas e inexplicables, infundan un saludable temor en el ánimo del populacho. Y que, por los siglos de los siglos, este se mantenga con los ojos bajos.
Por eso es que no me conmuevo cuando se abraza a mis piernas y ruega clemencia este hombre, que fue hasta ayer mi compañero de tantas correrías y parrandas, y para colmo, mi compadre. No tiembla mi pulso cuando le apunto a la cabeza a este tipo sollozante y desmadejado; a este, que ahora es un hombrón, pero que fue, como yo, un mísero alfeñique con la piel llena de lamparones blancos por la carencia de vitaminas, y que se ilusiona con escapar de su destino recordándome cómo nos alistamos en Jimaní, cuántas veces fumamos juntos en las postas, a escondidas de los cabos, y a cuántos muertos de hambre, como nosotros mismos, vapuleamos por violar la Ley de Vagos, o por tener una mujer demasiado bonita, que deseábamos.
Generalísimo Rafael L. Trujillo Molina.
Y aquel hombrón había comenzado a rezar el Padrenuestro, entre sollozos, cuando apreté el gatillo. Murió sin dolor, porque le volé media cabeza, la que le llevó el disparo de mi 45, a menos de medio metro. Y fue entonces que toda nuestra vida pasó ante mis ojos, y comprendí que, a pesar de que el Jefe tenía la razón, como siempre, no por ello dejaba de sentir que media cabeza mía también se quedaba aquí, donde mi compadre tenía el último temblor de su vida, antes de abandonarla para siempre.
Todo había empezado antes, en el mes de enero de este año de 1951, cuando un informe confidencial firmado por Luis Arsenio Colombina, Inspector General al servicio del Presidente de la República, llegó a manos del Jefe, que se aprestaba a descansar un tiempo, dejando a su hermano Héctor Bienvenido, como Presidente Interino. Con su habitual escrupulosidad por los detalles, tan perfeccionista como era, no más leerlo, enrojeció tanto que se le notó el rubor por encima de la gruesa costra de polvos franceses con los que se blanqueaba la cara, y me mandó a llamar. Cuando entré y me puse ante ÉL, en posición de firme, solo me arrojó el informe sobre su buró, y casi sin mirarme, ordenó:
"En dos meses entrego a Negro el mando, y no quiero dejarle las gavetas con cucarachas. Hazte cargo."
No hacía falta decir más. Tampoco era mi primera vez. Pero aun así, espero que el Jefe no haya visto el temblor de mi mano cuando levanté aquel maldito papel y leí allí el nombre de mi compadre. "El que una vez entra, ya no sale"- fue todo lo que me vino a la mente en ese momento. Y mi compadre, pobrecito, no salió.
"He tenido informes confidenciales que me ameritan absoluto crédito-rezaba el informe- que el teniente coronel de la Policía Nacional, Francisco Arcadio Rodríguez, quien acostumbra a ingerir, muy a menudo, bebidas alcohólicas hasta el extremo de embriagarse, se pone a comentar servicios delicadísimos de cuando él era miembro activo de la Policía Nacional. Considero oportuno -concluía aquel chupatintas de ciudad- que se tomen las medidas necesarias para que tan grave irregularidad no siga sucediendo, pues considero que la actitud indiscreta de dicho ex -oficial PN perjudica, notablemente, el prestigio de nuestro gobierno, ya que una indiscreción de esas muy bien puede trascender hasta los enemigos del mismo, y producir innecesarios escándalos, fuera del país."
No hubo escándalo alguno, salvo el ruido del disparo de mi 45, apagado por la infinitud del monte donde mi compadre respiró por última vez, o el chapoteo de "La Piscina", ese espacio del mar, al este de la capital, donde dejábamos caer los cuerpos a desaparecer, con la barriga abierta a cuchillo, para evitar que flotasen y atraer a los tiburones. Así fue, a costa de la mitad de mí mismo, que "se tomaron las medidas necesarias", y el Negro Trujillo pudo asumir su mandato de siete meses, sin tener que preocuparse por las cucarachas.
Héctor Bdo. Trujillo Molina (Negro)
Negro Trujillo estuvo al frente del gobierno desde el 1 de marzo hasta el 1 de octubre de este año de 1951, tiempo que aprovechó el Jefe para pasear y descansar, regresando con más bríos. Todos nos alegramos de su regreso, porque su presencia era la garantía de que la vida seguiría por su cauce habitual y que ninguna sombra podría interponerse entre nosotros, sus incondicionales de tantos años, y la buena vida, las niñas, la piscina y las tierritas, que siempre crecían en extensión, como si caminasen solas.
Y fue entonces, a principios de noviembre, cuando una vez más recibí la llamada del Jefe, y sin perder un segundo, me personé en su despacho. Y la escena se repitió, casi idénticamente a la vez anterior.
"Mira a ver cómo me le das un componte a este deslenguado -dijo, de nuevo apenas mirándome-. Me tienen harto estos pendejos hablanchines. Tengo que entregarle, otra vez, en agosto, el gobierno al Negro, y no quiero bichos deambulando. Ocúpate."
Esta vez, por desgracia, se trataba de otro compadre, también hermanado conmigo de los tiempos de los aguaceros, la limpieza de las letrinas del cuartel y los malos alcoholes. El informe en su contra, también firmado por el mismo Inspector, rezaba:
"El ex -oficial Julio (Papa) Rivero, comentaba, desfachatadamente, el caso ocurrido entre el oficial de la Policía Alberto Castaing y Emilio Pérez Díaz, y dijo, entre un grupo, que en esa forma no era que se mataban los enemigos del gobierno. Que él, cuando fue oficial, arregló a muchos, pero que no dejó jamás ninguna huella. Que en la institución hacen falta hombres como él, ya que los que hay, actualmente, son unos baladíes…"
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Como, sin duda alguna, se la pasaré yo, algún día, porque sin saber bien por qué, mi nombre apareció hace poco en los informes de Luis Arsenio Colombina, y estoy ahora de rodillas, temblando como una hoja en tiempo de ciclón, recordándole a mi compadre de tantos años lo vivido juntos, las parrandas, el hambre y los estragos causados en los bateyes. Y es cuando aprieta el gatillo.
Y fue entonces cuando una vez más recibí
la llamada del Jefe, y sin perder un segundo,
me personé en su despacho. Y la escena se repitió,
casi idénticamente a la vez anterior.
"Mira a ver cómo me le das un componte a este
deslenguado, me tienen harto estos pendejos
hablanchines. Tengo que entregarle, otra vez,
en agosto, el gobierno al Negro, y no quiero
bichos deambulando. Ocúpate"
(Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General ede la Nación).
Santo Domingo, R.D., sabado, 23 de junio de 2012.
1 comentario:
Me gusto mucho tu blog, muchas felicitaciones y el post también me pareció muy interesante.
http://www.corourbano.com/
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