viernes, 5 de febrero de 2010

La respuesta a la tragedia ocurrida en Haití el 12 de enero



Carlos Morales Troncoso

La atención del mundo está enfocada en Haití, un país cuyas pruebas y tribulaciones cotidianas a menudo han pasado desapercibidas y no han sido quizá lo suficientemente valoradas. El alcance de la devastación es simplemente inimaginable. Por consiguiente, la respuesta del mundo deberá ser sin precedentes. La tragedia de Haití no es sólo un desastre humanitario. Se trata de una prueba a nuestros propios valores.

Frente a este desastre, debemos agradecer la respuesta en abundancia de ayuda que ha tenido la comunidad internacional, así como las innumerables personas alrededor del mundo que están colaborando con esta respuesta humanitaria.

Personalmente me siento agradecido por la ayuda de las organizaciones nacionales e internacionales, la de las organizaciones no gubernamentales y de personas a lo largo y ancho del mundo, consternados por la tragedia. Unas 10,000 ONGs aproximadamente, que con sus trabajadores operan desde hace tiempo en Haití, comparten el intenso sufrimiento del pueblo haitiano.

De hecho, el terremoto ha cobrado las vidas no sólo de cientos de miles de ciudadanos haitianos, sino también de centenares de extranjeros que se encontraban en Haití trabajando para proveer asistencia social a sus habitantes. Algunos de los que han muerto eran precisamente aquellos mejor preparados y los más adecuados para dirigir los esfuerzos frente a una tragedia como ésta. Nuestro pesar por su pérdida viene mezclado de gratitud.

Pero a pesar de nuestra gratitud por los ingentes esfuerzos de los gobiernos extranjeros y de las ONGs, no podemos sentirnos satisfechos con el ritmo que llevan. Como ya puede verse, las demoras sólo incrementan la muerte y la desesperación entre los haitianos. La celeridad es, pues, vital; la demora, mortal.

Pero no es solamente rapidez lo que se necesita. Se hace imperativa una respuesta coordinada a largo plazo. Exhorto, pues, a la comunidad internacional a continuar enfocando su asistencia tanto en las necesidades de corto plazo al pueblo haitiano, como en las soluciones de larga duración a los problemas que por tantas décadas ha soportado este desdichado país.

La asistencia inmediata debe estar centrada en reparar las facilidades portuarias y los caminos que se deben utilizar para hacer llegar los suministros de socorro. Sin embargo, Haití pronto va a tener que crear un programa temporal y a largo plazo de viviendas, para reemplazar a una ciudad, como la capital de Puerto Príncipe, que ha quedado destruida.

La respuesta humanitaria que esta tragedia ha generado es en sumo grado necesaria. La extraordinaria pérdida de vidas sólo se puede calcular por la destrucción de las viviendas y la infraestructura de la nación, razón por la cual debemos satisfacer la apremiante necesidad de atención médica, de alimentos, agua y refugio. De igual manera, tenemos que abocarnos a construir un futuro mejor para los sobrevivientes de esta catástrofe.

Debemos reaccionar y tener una respuesta ante los problemas económicos y sociales subyacentes de Haití. En gran medida, la estructura política del país ha colapsado junto con su infraestructura física. Esto es comprensible, pero doblemente trágico. Precisamente cuando el pueblo haitiano más necesita de su gobierno es cuando este gobierno se encuentra menos capacitado para responder a sus necesidades.

En tiempos normales, el pueblo haitiano vivía en circunstancias muy difíciles. Pero estos son tiempos verdaderamente terribles, y la desesperación en la capital haitiana es evidente. El pueblo está herido, tiene hambre y está, por decirlo así, francamente desesperado. Uno de los síntomas de esta profunda crisis es el hecho de que los habitantes de Puerto Príncipe tienen ahora que trabajar para las Naciones Unidas en la recogida de los cadáveres de sus conciudadanos.

Tenemos que convenir en que Haití era ya, de por sí, una olla de presión antes del terremoto. Ahora, la olla de presión ha explotado. La presión en la frontera dominico-haitiana es mayor que nunca a medida que esta crisis humanitaria en Puerto Príncipe se desplaza inexorablemente hacia la parte oriental de la isla.

Me siento profundamente agradecido de que Haití se haya convertido en el foco de la atención pública del mundo. Debemos utilizar ese foco para beneficio del noble y sufrido pueblo haitiano. El reto será mantener este foco centrado en Haití cuando los equipos ambulantes de televisión y los aviones de carga se hayan marchado. Debemos aprender las lecciones ñ que los desastres naturales de una manera anormal impactan las sociedades empobrecidas allí donde no hay una infraestructura construida para manejar desastres.

La República Dominicana sabe cuáles son las responsabilidades que le corresponden como vecino, de hacer todo lo posible para ayudar al hermano pueblo de Haití. Y naturalmente Jimaní será la puerta de entrada para los esfuerzos humanitarios en ambas direcciones. Continuaremos haciendo todo lo posible para facilitar que el flujo de ayuda llegue a las víctimas.

La República Dominicana responderá como siempre lo ha hecho hacia su vecino occidental, con todo su corazón y con las manos abiertas. Pero estamos concientes de que ni nuestro corazón ni nuestras manos son lo suficientemente grandes para manejar los problemas que enfrenta Haití. Se necesita la ayuda del mundoÖ pero también es necesario un nuevo compromiso internacional de ayuda para el día de mañana, cuando la magnitud de los problemas de Haití sea menos evidente.

Las dificultades que hemos tenido estos últimos días para hacer llegar la ayuda humanitaria, deberían hacernos pensar en la necesidad de una ayuda a largo plazo para Haití. El mundo debe entender que la República Dominicana no está más capacitada que Haití para manejar las consecuencias económicas y sociales de este desastre. Somos un buen vecino, pero no un vecino rico y opulento. Haremos la parte que nos corresponde hacer, y cuando el resto del mundo se retire, seguiremos todavía aquí. Los problemas de infraestructura de Haití seguirán todavía ahí, conjuntamente con sus problemas de viviendas, de educación; en fin, con sus acuciantes problemas económicos.

El mundo está respondiendo con energía ante una tragedia y trauma de corto plazo, pero todavía no con la efectividad que exige tratar un sufrimiento crónico como el que afecta a Haití desde hace tanto tiempo. No podemos permitirnos desechar la oportunidad que nos brinda la atención del mundo para que podamos echar nuevos cimientos para el desarrollo de Haití. No sólo debemos alimentar a los haitianos de hoy, sino crear las condiciones que les permitan a los haitianos alimentarse ellos solos. Tenemos que proveerlos con las herramientas para que se ayuden a sí mismos. No sólo hacerles un donativo para enfrentar la tragedia, sino crear las condiciones para su desarrollo.

Las sociedades civilizadas requieren orden, infraestructura y procedimiento. En el mejor de los casos, éstos escasean mucho en Haití. En definitiva, se trata de una crisis y de una tragedia, pero será más trágico aún si no nos valemos de esta tragedia para abordar los problemas fundamentales que afligen a Haití. En última instancia, la atención de la comunidad internacional debe estar dirigida a crear las condiciones que les permitan a los haitianos prepararse para un futuro mejor y con esperanza. Debemos mostrarle al pueblo haitiano que el mundo está dispuesto a apoyar un plan, un designio para su futuro ñ designios que son, como dice Dios por boca del profeta Jeremías: “Ö de paz, y no de desventura, de daros un porvenir y una esperanza”. (Jer. 29:11).

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