Juan Francisco Puello Herrera
Es muy difícil resolver el problema existencial de la muerte. Cada cual debe asumirlo desde la perspectiva de la fe, que es el acto del entendimiento que asiente a las verdades divinas bajo el impulso de la voluntad movida por la gracia de Dios. ¿Reflexionar sobre el destino final que nos espera puede hacernos mejores personas? Indudablemente que sí. Como nos dice Hans Kung “el morir parece depender, y no en pequeña medida, de cómo se ha sabido vivir”.
La forma de entender o acceder al misterio de la muerte es mediante la fe. Una fe que no puede ser empleada para buscar una satisfacción personal e interior. Más bien ha de ser pública, manifestada a los demás y que nos lleve a encontrar a Dios en el mundo. Es un buen ejercicio espiritual preguntarse periódicamente si en verdad creemos en una vida después de la muerte. Independientemente de que “el tiempo se convierte en locura si él no puede consumarse”.
Cabe aquí agregar el gran peligro que representa pensar que hemos perdido el tiempo, como lo diría aquel poema con prestancia del auténtico materialismo dialectico marxista: “¡No se dejen engañar! Poco es la vida. Saboréenla a rápidos sorbos. No resultará suficiente al tenerla que dejar!”. Por tanto, el mayor peligro en este planteamiento es pensar: ¿perdí mí tiempo?
La intención al escribir sobre este tema no es convencer a nadie sobre la existencia de la vida eterna. Más bien, comunicar que mediante la fe caminamos de la mano de Dios, mediante ella tenemos acceso a ese misterio insondable que es la muerte y qué nos espera de cara al futuro después de terminar nuestros días en la tierra. En fin, tener fe es confiar en la persona de Jesús; en la verdad de su enseñanza y en la obra redentora que realizó en el calvario.
Nada perdemos creyendo “en una consumación en la vida eterna por obra del Dios que se ha manifestado en Jesús de Nazaret”. Por el contrario, creyendo en la vida eterna podemos dar un sentido distinto a nuestra vida y a las de los que nos rodean.

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