lunes, 1 de febrero de 2010

Ya que los hombres no pueden…

 Elsa Peña  Nadal

Del 6 al 8 de Noviembre del año 2000, en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, tuvo lugar la llamada “Cumbre del Milenio”, con la asistencia de 189 Jefes de Estado y de Gobiernos, en represtación de los ciudadanos de sus respectivos países.
Ellos, y los que se les adhirieron luego hasta llegar a 191 países, firmaron la “Declaración del Milenio”, donde se comprometían a erradicar la miseria en el mundo, en un plazo de quince años; es decir, entre el 2000 y el 2015.
En esa reunión de ambiciosos alcances, cuyos resultados no me propongo evaluar ahora, quedó claramente establecido que para superar la miseria, era una prioridad la consecución de la igualdad de género basada en el rescate de los derechos de la mujer.
Con razón se ha dicho que la miseria tiene rostro de mujer, ya que son mujeres, el 70% de las personas que en el mundo, viven con menos de un dólar diario.
Por eso, en esa cumbre, la ONU dejo claramente establecido que no se alcanzarían ningunos de los objetivos de desarrollo del milenio, sin antes lograr claros progresos por la igualdad de género y la capacitación de la mujer.
La cumbre abogaba por la reducción de la pobreza; por una vida digna para todos los niños y planteaba un desafío a la discriminación contra la mujer, basado en la búsqueda de una mayor participación y representación de ésta en la política; y por ende, en la toma de decisiones de los Estados y hacia la mejora de su perspectiva de educación y oportunidad de empleo.
Siendo índices en la igualdad de género en el mundo, la participación de la mujer en la economía, sin diferencia de salarios; acceso a los empleos que requieren alta capacitación; poder político en la toma de decisiones; logros educativos, de sanidad (salud) y expectativa de vida; entre otros.
A solo cinco años para la meta que se plantearon nuestros respectivos gobiernos y países, cabría tirar los numeritos para ver cuánto hemos avanzado o retrocedido en la consecución de esos objetivos; y qué hemos logrado, particularmente las mujeres, en nuestra lucha por la igualdad de género.
Sí sabemos, que en el ranking de los diez primeros países clasificados entre los que han alcanzado mayor igualdad de género, están los escandinavos (Suecia, Noruega, Finlandia e Islandia), seguidos por Nueva Zelanda, Filipinas, Alemania, Dinamarca, Irlanda y España.
Las mujeres hemos demostrado ser valiosos agentes de cambio social como se manifiesta en los citados países, donde las mujeres tienen mayor igualdad y una participación política significativa.
Y es que las mujeres somos muy apegadas a cumplir las metas, las promesas y los compromisos; así como a exhibir nuestros resultados y a rendir buenas cuentas. Somos honradas y responsables por naturaleza.
Por lo que no es nada casual que muchas empresas, tales como las bancarias y financieras, prefieran a las mujeres como empleadas; las que con iguales salarios que los hombres, están en abrumadora mayoría en estos establecimientos, pese a los inconvenientes que se les presentan a las mujeres, propios de la maternidad y el embarazo.
A las diez de la mañana de este pasado domingo, en lugar de a la Iglesia como acostumbro hacer en este día, me dirigí a la sala Manuel del Cabral de la Biblioteca Pedro Mir, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde una joven mujer que tiene acceso a la toma de decisiones del Estado, rendía cuentas de su gestión legislativa en el periodo 2006-2010
Allí, Minerva –Minou- Tavárez Mirabal, con la autoridad y el derecho ganado a fuerza de sus propios méritos, que no por el peso de sus apellidos; entre otras cosas decía: “es de mi absoluta incumbencia hacer de dominio público el trabajo que realizo a favor del pueblo dominicano y de las comunidades que me eligieron como su voz ante el Congreso”.
Y en tanto, venían a mi memoria las recientes voces de los varones, masculinos y machotes, representantes de “la alianza de partidos mayoritarios contra las mujeres”, como bien dijo la prensa, que fueron ante los jueces de la Junta Central Electoral, con una insólita petición que fue lógicamente rechazada por ese tribunal electoral.
Estos “representantes de nuestro pueblo” (en el que las mujeres somos el 50% que pare al otro 50%, como dicen las feministas), encargados de hacer que el país lleve a feliz término lo acordado en la Cumbre del Milenio, de cara al ultimo quinquenio del plazo que se impusieron los gobiernos para, entre cosas, establecer la igualdad de género, pretendían que la JCE les permitiese desconocer en la boleta electoral, la cuota femenina establecida en un 33 %.
Cuota ésta, ridícula por discriminatoria, que ninguno de los partidos grandes ni de las rémoras chiquitas, ha cumplido nunca; pese a estar consignada en la Ley Electoral y más recientemente, en la nueva Constitución que ellos elaboraron y aprobaron.
Minou se preguntaba: “¿Qué sentido tienen las leyes si no sirven para que tú, yo, ¡todos!, tengamos una mejor vida en un mejor país?” y se encargó también de destacar que “la misión de todo congresista es legislar para que el Estado garantice todo el conjunto de derechos sociales y políticos, y hacerlo sin perder de vista la misión para la cual fue elegido por el pueblo”.
Queda en el aire la pregunta de si la JCE hará cumplir a los partidos, la cuota del 33% de la representación de la mujer en la boleta; o si se aprestarán, como en años anteriores, a violar ellos y a permitir que sea violada, su propia Ley; y en esta ocasión, la misma Constitución?
Cuando salía de la Biblioteca, ojeando el folleto contentivo de la rendición de cuentas de Minou; también me pregunté, cuántos otros legisladores harán lo propio, conforme lo establece el Reglamento Interior de las Cámaras Legislativas y la propia Constitución de la República?
Y no se por qué razón, camino al parqueo recordé y comencé a tararear, aquel merengue que popularizaran Las Chicas del Can y que decía, en uno de sus versos: “Ya que los hombres no pueden, que gobiernen las mujeres…”  elsapenanadal@hotmail.com

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