Alejandro Paniagua
Corría el año 1964. El LISTÍN DIARIO había reiniciado su publicación, tras 22 años de cierre forzado durante el gobierno de Rafael Leónidas Trujillo. Una nueva generación de periodistas comenzaba a hacer su estreno en el nuevo clima de libertades públicas. A éstos se agregaban periodistas jóvenes, que habían dado sus primeros pasos en la profesión hacia los finales del “trujillismo” y se reiniciaban con el nuevo régimen de la libertad, sobre todo, aquéllos que no habían tenido incidencia en la política del país. Este periódico, viejo y a la vez nuevo, inaugurando una nueva tecnología en el país, era atractivo de todos.
Entre otras características, el Listín contaba con una cantidad respetable de periodistas que habían sido o podían ocupar la posición de jefe de redacción. Es el caso de Luis Ovidio Sigarán, que ya había ocupado esas funciones en La Nación. También estaba Félix Acosta Núñez, Jaime Lockward quien de hecho era el jefe de redacción del Listín. Además, allí estaban las grandes promesas de entonces, Pedro Gil Iturbides, Juan José Ayuso, Virgilio Alcántara, Silvio Herasme Peña y otras figuras que luego se han destacado en el periodismo nacional. Vino entonces, procedente de El Caribe, Guido Féliz.
Este joven, de 22 ó 23 años, era atípico para las promesas intelectuales de entonces. Desconocido, porque hacía cosa de tres o cuatro años, era mensajero. Sin embargo, había escrito un libro intitulado El Judas de Bosch, que daba respuesta nada menos que a la tesis del profesor Juan Bosch, quien había tratado de rescatar a la figura de Judas Iscariote. Pero además, se había iniciado en el periodismo siguiendo el camino contrario a la formación de los demás periodistas dominicanos. Escribía comentarios. Y trataba de profundizar en ellos.
Fue así como, pasó de ser un mensajero de la compañía All American Cables and Radio, establecida en la calle Arzobispo Meriño, a redactor de La Nación, donde escribía sus comentarios, que recibían gran despliegue en las páginas editoriales. Su amigo, Sigarán, le dio cabida en el periódico y él se ingenió la forma de escribir también las noticias. A los dos meses, fue enviado a los Estados Unidos, invitado por la embajada, en un viaje que duró tres semanas. Su ascenso fue rápido. Pasó a El Caribe. Y desde allí, cuando vino al Listín, le fue construido un cubículo dentro de la redacción para recibir las noticias de los reporteros que andábamos en las calles.
Todo ese idilio tocó su fin el día que lo nombraron jefe de redacción. De inmediato hubo una rebelión. Tanta gente preparada, joven con todos sus bríos y con estudios universitarios que esperaba una oportunidad. El día se presentó y se encontraron con el hecho de que tenían que darle paso a este muchacho “improvisado”. Guido habló con Moisés Pellerano, quien era de los dueños, el que trabajaba en el Listín. No le quedó otra opción que la renuncia, pues don Moisés le pidió la lista de los sublevados para destituirlos. Guido prefirió dejar el puesto, el Listín y la ciudad de Santo Domingo.
Cayó en un estado de frustración muy grande. Y se fue a Nueva York, donde con el tiempo pudo reponerse y continuar con su vida de periodista. Luego de muchos años, pasó a Springfield, donde laboró en una editora religiosa, hasta que hace un año se le descubrió un cáncer, que lo venció.
Pienso que don Rafael Herrera, quien tenía la visión genial que caracterizó sus funciones como director del Listín Diario consideró que Guido Féliz era un representante de la nueva generación, con suficiente inteligencia, sentido de trabajo y ganas de progresar intelectualmente. Por eso lo promovió. Su historial tenía las características que indicaban una visión de la vida que superaban las contingencias pasajeras. Y no creo que Herrera llegara a saber condiciones de Guido Féliz que confirman esa apreciación: es el autor de 21 libros, miembro del Club de los Poetas en los Estados Unidos, escribió más de 300 poesías y 250 canciones religiosas. Fue un pianista autodidacta.
El día ocho de este mes, momentos antes de exhalar su último suspiro entonó su propia canción que comienza con estas significativas palabras “Aleluya, gloria a Dios” y le dijo a su mujer, Ana Lidia López, hoy viuda Féliz: “Déjame ir para mi casa”. Y ella misma me informó: “Murió feliz”. http://www.listin.com.do/app/article.aspx?id=137955

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