Celedonio Jiménez
Prácticamente desde siempre hemos sido muy festivos, y un país donde muchas situaciones son convertidas en circo.
Pedro Francisco Bonó, uno de los fundadores del pensamiento liberal dominicano, y quien nos legara numerosos ensayos que son verdaderos tratados de sociología histórica, sostuvo en “Estudios” (un escrito en que analiza aspectos de la organización de nuestra sociedad de finales del siglo XIX), que “los dominicanos guardan las tres cuartas partes del año, comprendiendo en ella: los domingos, los días de ambos preceptos, los preceptos de misa, los de los patronos generales y particulares, los tres días de las cuatro solemnidades pascuales, los de los santos abogados de los gremios de las enfermedades de los ojos, garganta, muelas, partos, terremotos, cosas perdidas, etc…”.
Bonó, al mismo tiempo que rechaza el “dictado de perezoso” que algunos atribuyen al dominicano, refiere que el clima de una isla “sentada bajo un cielo siempre azul, sin nieblas, sin invierno”, induce al ocio.
Nuestra proclividad al ocio y a las festividades también parece estar relacionada con nuestros vínculos “latinos”, pues se dice que en Roma, los ciudadanos gozaban 130 días de fiestas al año.
La inclinación que tenemos en favor de los “bonches” ha sido sabiamente utilizada y explotada por los que han mandado, por los que gobiernan, a fin de mantener entretenidos con circo de la más variada especie a un pueblo maltratado y fatigado, imposibilitado de sana diversión.
Y desde siempre, también, ha acompañado a la mucha oferta de “cherchas” y espectáculos, la dádiva de pan. Por eso los programas asistencialistas, las fundas de la Cruzada, las tarjetas Solidaridad, el bono-gas, las tarjetas para estudiantes, etc.
Pero además, de vez en vez, como ahora, se ha agregado a la fórmula de dominio, otro componente, el de la violencia y la represión. Hoy, bajo el predicamento de acabar con la delincuencia, la Policía Nacional, mediante parte de su jerarquía y a través de muchos de sus alistados, acomete acciones que tienen en pánico a buena porción de la población.
Este cuadro es dramático. ¿Cómo entender que una institución llamada a preservar el orden y la seguridad, genere violencia y sea vista con desconfianza por la ciudadanía? Así, ¿a dónde vamos?
Por suerte muchos comienzan a despertar, no dejándose cegar con fuegos artificiales ni fascinar con pequeñas dádivas de pan; siendo todavía más los que no toleran el abuso, la violencia, y se organizan para que se respete la seguridad ciudadana, para que cese la impunidad y para pedir, simplemente, ¡policía no me mate!
Santo Domingo, R.D., martes, 20 de julio de 2010


No hay comentarios:
Publicar un comentario