Marcio Veloz Maggiolo
Hay momentos en los que lo imaginado es dado por nosotros como una realidad. A fuerza de imaginar somos muchos los que creemos en la realidad de lo imaginado y la damos como cierta. Inventamos, a nuestro acomodo, siguiendo la lógica del orate, mundos que no existieron y que para nosotros son reales. Cambiamos de indumentaria psicológica y nos defendemos inventando pasados y reformando los viejos pensamientos en los que se fundó una esperanza que nunca cuajó. Pensar e imaginar son actitudes que recuerdan al infierno, pues como decía Sartre, el verdadero infierno son los demás, son los otros.
Todo esto viene a ser argumento justificador para los inventores de situaciones novelísticas y personajes transformados por el tiempo, por la falla de los recuerdos y por la ausencia de testigos. La desaparición de la memoria del otro es una tragedia. Quedamos, cuando los demás se van, en un angustioso estado de insatisfacción intelectual. Se agotan nuestras fuentes, ya las indumentarias del pasado son menos estables. A veces nos duele más la memoria que se ausenta que su portador. Vivir del recuerdo casi obliga a inventar a crear lo que suponemos que los demás, traficantes de experiencias, se llevaron consigo. Cuando alguien que ha vivido a tu lado se va, (sale del infierno sartriano,) pierdes capítulos completos de una memoria paralela que aún puedes utilizar abusando de tu manera de pensar.
La inusada memoria ajena, al pasar a ser materia prima de lo que simultáneamente has vivido junto a los otros, parece obligarte a crear, transformando una tercera memoria (la inventada), que se basa en las experiencias simultáneas, en las bases de recuerdos que sirven para dar vida a mundos imaginarios, memoria que sirve para construir lo inexistente, porque toda memoria puede convertir lo que fue, lo que ha sido, en lo que el artista considera que debió ser.
Al fin y al cabo toda memoria es un resabio del pasado. En el orate, “los ataques de memoria” son comunes, y en el artista, cual que sea arte, la memoria es una inmensa agonía por repetir el mundo circundante, por plagiar, reformándola a su antojo, la realidad vivida y transformada en recuerdo, porque todo recuerdo es una transformación como todo sueño es un recuerdo expulsado por los ángeles de la guarda, barrenderos divinos que limpian nuestro pensamiento expulsando la basura extemporánea.
Santo Domingo, R.D., viernes, 29 de octubre de 2010


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