Algunos pudieran tener la impresión de que la mayoría de la gente ignora la forma como muchas personas han elevado su nivel de vida de la noche a la mañana, tanto en los distintos niveles del aparato gubernamental como en la actividad privada, pero están equivocados, pues saben o sospechan que entre su situación económica anterior y sus éxitos acelerados, han intermediado acciones fuera de lo normal.
Incluso aquellos que se acercan a personajes que exhiben bonanzas, solicitándoles ayuda y expresándoles lisonjas, saben que esos bienes no son bien ganados, sino que han sido adquiridos mediante las facilidades que produce el poder o mediante actividades dudosas de quienes no tienen conciencia para diferenciar entre lo justo, legal, ético o moral.
Así se han estado tejiendo redes entre los diferentes grupos o estamentos. Los que desde niveles inferiores saben que sus superiores cometen indelicadezas, pueden entender que ellos no tienen autoridad, por lo menos moral para exigirles cumplimiento ético. En tal virtud la cadena crece, la institucionalidad se debilita, la impunidad se afianza y la sociedad se desmoraliza.
Y así se ha ido conformando la pirámide estatal y social. Los que se hacen ricos a base de “facilidades”, pasan a ser miembros de clubes, socios y amigos de los más encumbrados miembros de las cúpulas de poder, mientras los subalternos observan, los amigos y familiares callan u otorgan, pero el pueblo observa y se crea el camino hacia una tragedia moral.
Si muchos de los de arriba están dañados, no podrán ofrecer nada bueno. Si los de abajo imitan los de arriba, nada bueno podremos esperar. Entonces, ¿Por donde comenzar? ¿Por los de arriba o por los de abajo? Esa es la gran incógnita que debemos despejar, sobre todo pensando en mantener vigente, aún con sus debilidades e imperfecciones, la democracia institucional que le sirve de marco al sistema.El proceso es largo y supone una acción moralizadora de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, pero tenemos que forzar urgentemente el rompimiento de la cadena que nos conduce hacia un deterioro mayor de la estructura moral y social, comenzando por el gobierno, sin excluir las deficiencias de los demás organismos del Estado.
Como hay un principio que dice: nadie puede dar lo que no tiene, si las autoridades gubernamentales no han sido capaces de entenderlo ni de propiciar un proceso que detenga la inversión de valores, porque al parecer, en su trayectoria de ascenso y búsqueda de fortunas, se han perdido de rumbo, tememos que cambiarlos.
No se trata como dicen algunos de que el sistema se ha agotado, sino de que el gobierno sobre todo en sus últimos dos períodos ha sido vencido por sus propios errores. Pero no se trata de un simple cambio de gobierno, sino de establecer nuevos métodos, que además de eficaces para combatir la pobreza y los problemas básicos que padece la sociedad, lo hagan con sentido ético y moral.
Santo Domingo, R.D., Jueves, 29 de septiembre de 2011.

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