Luis R. Decamps R.
A casi dos lustros de la crisis financiera que estremeció a la sociedad dominicana en el año 2003 a resultas de la quiebra fraudulenta de tres de los más importantes bancos nacionales, todavía ciertos voceros del oficialismo insisten en estrujarnos en el rostro la alegada “recuperación económica” que supuestamente se logró en el país merced a las “salvadoras medidas” adoptadas por la administración del doctor Leonel Fernández.
Más aún: con la falta de imaginación que es típica del hartazgo material ilegítimo, en estos momentos el oficialismo agita insistentemente en los medios de comunicación un spot de campaña en el que se intenta “vender” una comparación superficial y embaucadora (basada en una táctica visual y retórica de sesgo generacional) del “tiempo” en que gobernó el PRD y el “tiempo” en que ha regentado la cosa pública el PLD.
Por supuesto, en lo que atañe a tal táctica de evocación artificiosa del pasado lo primero que salta a la vista para el observador es una perogrullada: si los actuales inquilinos palaciegos todavía tienen que apelar a semejantes argumentos (que ya hieden por viejos y, además, son propios de fulleros, como se verá más adelante) para hacer proselitismo a su favor y, tangencialmente, tratar de detener el avance de su principal adversario (el ex presidente Hipólito Mejía), es obvio que están en graves aprietos desde el punto de vista de la racionalidad política y la conciencia social.
Ese aserto alcanza legitimidad, ante todo, en el hecho de que las citadas apelaciones parecen indicar que la tan cantaleteada “recuperación” constituye el “logro” nodal de la administración peledeísta, un “logro” que, por cierto, se percibe cada vez menos corpóreo y defendible ante el simple sentido común (sobre todo, por la abracadabrante situación que enfrentan los pobres y la clase media del país luego de los tres últimos “desguañangues” electoreros de nuestra economía y la falta de austeridad gubernamental ante la crisis financiera mundial) a la luz de sus únicos soportes reales: los indicadores macroeconómicos del Banco Central, ya sólo creíbles para quienes tienen necesidad de creerlos por razones de conveniencia grupal, corporativa o individual.
Ahora bien, ¿es real, tangible y está “fuera de toda duda razonable” semejante “logro”? ¿El mejoramiento de la economía dominicana de los años posteriores a la crisis financiera del 2003 puede genuinamente ser reclamado por el PLD como producto de su accionar gubernamental y de algún cambio sustancial de política económica? La verdad es que, si prescindimos de los ahuecados ecos de la divulgación politiquera y nos atenemos a los hechos, la respuesta a estas interrogantes tiene que distar mucho de la afirmativa.
En abono de esas consideraciones, vale la pena recordar que en la economía, en general, los ciclos históricos aparentan desempeñar un rol preponderante (no soslayando, naturalmente, los efectos de las políticas gubernamentales al tenor), pues la humanidad, sin importar las ideologías ni los partidos, ha atravesado alternativamente por épocas de crisis, de recuperación y de prosperidad. Se trata, conforme se puede colegir del análisis retrospectivo de las grandes depresiones financieras nacionales o internacionales, de tendencias históricas más o menos definidas, al margen de cualquier discusión de fondo sobre las causas que las han originado. Hasta Carlos Marx, que fue tan intransigentemente crítico con todo análisis que no se fundamentara en la “base material tangible” de los hechos, habló de esas “crisis cíclicas del capitalismo” y nos legó casi una teoría sobre el azar como “categoría histórica”.

Margaret Thatcher.
Claro, hay que insistir, para evitar malas interpretaciones, en algo que anteriormente apenas se insinuó: no es que el conocimiento, la experticia, el sentido práctico o el talento no influyan. Obviamente, la economía de un país no puede ser conducida por estúpidos, ilusos o incompetentes; por el contrario, debe ser manejada por gente con credenciales académicas, experiencia y suficiente sentido común. Pero, con raras excepciones, esa ha sido la regla: los gobernantes reclutan a los “cerebros” económicos de su sociedad y se rodean de “cabezas bien amuebladas”. Y éstos, en determinadas épocas y circunstancias, pueden resultar doblegados por realidades inmanejables, y fracasan estrepitosamente. Goethe advertía a su modo la cuestión subyacente: “Toda teoría es gris, caro amigo, y verde el árbol de oro de la vida”.

Ramon Báez Figueroa y Luis Álvarez Renta, dos magnates de la alta sociedad, presos en la cárcel de Najayo cumpliendo condenas por desfalco bancario. Fueron apresados y juzgados por el gobierno de Hipólito Mejía.
(En beneficio de las autoridades del área, empero, hay que consignar que era la primera vez que se encaraba en el país un fenómeno de esa magnitud, y que en general se comportaron a la altura de las circunstancias, pues actuaron con valentía y responsabilidad adoptando las providencias de rigor: mantuvieron informado al país tratando de infundir confianza en los agentes económicos, y finalmente abrieron una voluminosa emisión de Certificados de Inversión del Banco Central acompañada de un aumento de la tasa de interés para tratar de recoger la sobreliquidez creada en la economía por la mencionado “salvataje”. Eso era, ni más ni menos, lo que recomendaba el “librito”, y se hizo con la asesoría de los técnicos del FMI, del BM y del BID).
Desde luego, no se debe olvidar que la oposición política de la época, encabezada por el doctor Leonel Fernández, luego de atribuir la crisis a la supuesta “ineptitud” del gobierno del presidente Mejía (es decir, no a los banqueros que luego la Suprema Corte de Justicia condenó por múltiples maniobras fraudulentas e ilícitos penales), criticó acerbamente las medidas mencionadas, pero sin atreverse a sugerir lo contrario (esto es, que no se “salvara” a los depositantes e inversionistas de los bancos quebrados más allá de lo que decía la ley). La razón de este silencio al respecto era obvia: cientos de miles de dominicanos votantes y entidades públicas y privadas perderían sus ahorros o depósitos (no sólo en los bancos quebrados sino también en las asociaciones mutualistas y en los fondos de pensiones, que tenían parte de sus recursos en aquellos), incluyendo, por cierto, a la Fundación Global Democracia y Desarrollo (FUNGLODE).
Todavía hoy, ocho años después de aquellos dramáticos acontecimientos, se escucha de tarde en tarde a algún comentarista de pacotilla referirse al pretendido “mal manejo” que el gobierno de Mejía le dio la crisis de referencia. Sin embargo, la mejor respuesta siempre han sido los hechos mismos: se mantuvo la estabilidad política, no hubo quiebra sistémica de bancos, y las medidas adoptadas (harto dolorosas y agobiantes para la mayoría de los dominicanos) al cabo de unos meses estaban dando los resultados esperados en términos de estabilización de la economía. Estas medidas fueron tan efectivas que el nuevo gobierno de Fernández no le quitó ni agregó nada: las siguió aplicando impertérritamente.
Esa es la razón nodal por la que el autor de estas líneas ha entrecomillado la recuperación de nuestra economía que se le atribuye al gobierno del PLD.
En honor a la verdad, no ha habido tal “recuperación”: no retornamos a la situación anterior a los eventos mencionados, y el que lo dude que se lo pregunte a un ama de casa dominicana. Lo de hoy sólo es “recuperación” con respecto al momento cenital de la crisis del año 2003, pues en relación con las épocas anteriores lo que ha habido es depresión económica, deterioro de las condiciones de vida y aumento de la pobreza. Inclusive, aún en el caso de que aceptáramos la existencia de tal “recuperación”, ella se produjo gracias a las medidas adoptadas por el gobierno de Mejía y continuadas por su sustituto. ¿A quién, pues, debería atribuírsele la “recuperación”, si es que la hubo? Que cada quien se responda según los dictados de su propia conciencia… (El autor es abogado y profesor universitario)
Santo Domingo, R.D., lunes, 10 de octubre de 2011.




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