Carlos Dipré
Los años 70 fueron tiempos de
conversatorios maravillosos además. Los cuales se daban entre los jóvenes en
aquellos parques públicos en el centro de los pueblos.
Para la época, no había mucho
entretenimiento. El celular y el Internet brillaban por su ausencia. De ese
modo juntarse en esos parques para hablar de lo que sea, era nuestro mata
tiempo favorito. Ahí estábamos hasta la madrugada.
Recuerdo como ahora, una conversación sobre
educación que tuve con un gran amigo de San Cristóbal. Mi amigo, miembro de una
familia muy prestigiosa del pueblo y yo, en ese entonces un musiquito de orilla
que buscaba la luz en los que vivían en el centro del pueblo para aprender de
ellos, le sacamos punta al lápiz en aquel punto tranquilo y sobrio, llamado el
parquecito de los vagos, para subrayar las grandes ventajas que obtiene el ser
humano cuando se educa.
Pero a veces, las conversaciones la
adornábamos con anécdotas para también morirnos de la risa con aquellos
cuentos. Mi amigo me contó algo sobre sus dos tías aristocráticas de la capital
y sus respectivas muchachas del servicio doméstico. Jóvenes a las cuales en ese
tiempo las nombraban con el nombre de sirvientas y los más desatinados las
llamaban chopas, por trabajar en casas de familia.
En una visita de una de las tías de mi
amigo a la otra, esta le dijo a su hermana, que notaba, que cuando ella le
impartía una orden a su muchacha trabajadora, ésta como que reaccionaba con
cierta actitud irreverente y hasta con algunos gestos que no son propios de una
sirvienta. Y le siguió diciendo esta dama a su hermana: “Yo quiero que tú veas,
cómo se pone la mía cuando yo le hablo. Tiembla del miedo que me tiene”.
A lo que la tía anfitriona, cuando su
hermana terminó le contestó:
-Hermana querida, lo primero es que aquí no
se le llama sirvienta a la muchacha de los trabajos domésticos. Ella aquí es
una trabajadora social. Ella me ayuda con los oficios de esta casa, por lo cual
le pago.
Y continúo la tía anfitriona con su
respuesta a su hermanita:
-Y lo segundo es, que la mía de tarde va a
la universidad y la tuya no terminó la primaria, porque tuvo que dejar la
escuela al venir para la capital a trabajar.
La dama decía que la confianza y la
tranquilidad que había encontrado en aquella muchacha, que además de trabajar
en su hogar hacia una carrera universitaria, jamás la había logrado en otra
trabajadora.
Conocí aquellas tías de mi amigo y de
verdad que eran dos bellas personas, dos mujeres de mucho respeto, muy
educadas. Buenas madres, las cuales tuvieron excelentes familias. Sólo que una
de las dos tías tenía un concepto que era el que predominaba en aquel presente.
Porque era el tiempo en que los brutos se apendejeaban ante la presencia de su
jefe o ante alguien si lo veía con alto grado.
Era el tiempo en que las mujeres pobres y
de cabello llamado malo, solo tenían como recurso, un peine de hierro caliente
para diligenciar un poquito de belleza. Tiempo en que el campesino embullado
con las cosas del pueblo, empezaba a buscar un espacio en la ciudad con los
“pueblitas” y el pariguayo aun era muy joven en la sociedad, porque éste apenas
tenía unos cuantos años, ya que es con la revolución de abril del 1965 que
aparece en la vida del dominicano.
Sin lugar a duda, que como sociedad hemos
ido superándonos de algunas, pero ojo, no porque nuestros villanos se han ido
poniendo nobles, sino mas bien porque nosotros hemos ido aumentando nuestra
capacidad de indignación, pero ellos también rebuscan en sus malicias nuevos
métodos de dominio. Es así como le echan mano al embrutecimiento colectivo para
someternos.
Si aprendemos, nos les convertimos en
aquella muchacha que aunque era trabajadora en una casa de familia, era altiva,
erguida, irreverente, dueña de su proyecto de vida, con orgullo y segura de sí
misma. Pero nos quieren como la otra, que al ser víctima de la falta de
educación, se dejaba imponer el miedo, porque el desconocimiento de sus valores
no le permitía sentirse dueña de ella misma. Comportándose como un objeto, no
como un ser humano digno, capaz de decirle dos coños al que le faltara el
respeto.
Busque un museo en nuestros pueblos,
bibliotecas como manda la ley, instalaciones deportivas por lo menos limpias,
fíjese en los baños de las escuelas públicas, que así andan las clases, busque
una academia de música en las ciudades. Pero se gastan de nuestros recursos, la
millonada para llevar un combo con música y letras de mal gusto a nuestras
fiestas patronales, para promover la venta de alcohol y de todo tipo de droga.
Para alienarnos, para hacernos insuficientes y dependientes eternos de ellos.
Es por ahí que andan. ¡No sea pendejo!
Hoy hasta el Internet está asustado, porque
lo andan buscando para hacer una Sopa con el. Luego de la primavera árabe y
ahora los movimientos de indignados en Europa y USA, aquellos que nacieron en
Wall Street, ellos, los abusadores, están broncos. Creen que el Internet en
nuestras manos es mucho para nosotros. Porque éste puede significar una arma
peligrosa. Saben que es un medio de comunicación que puede ser fulminante como
medio de convocatoria, y lo cree un lío para ellos.
Pero lo bueno de todo esto, es lo malo que
ellos, los bandidos de la película se están poniendo en todo el mundo. Porque
se está despertando conciencia y esto puede producir que la oscuridad que ellos
han engendrado en la mente de sus víctimas, se ponga clara. Y que la
celebración del reinado con el que quieren consagrarse como eterno, no se le
dé. Lo que le vendrá al mundo será de película, pero de bien. Porque las
soluciones en todos los lugares del mundo serán simultaneas.
(Reproducido de:
Santo Domingo, R.D., domingo, 05 de febrero
de 2012.

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