Yvelisse Prats-Ramírez de Pérez
Convocada por mi iglesia a través de la Conferencia del Episcopado Dominicano, uno mis preces hoy en la Jornada de Oración por la Paz y el respeto a la voluntad ciudadana en las elecciones de mañana.
Orar, para mí, lo aprendí en los Talleres y en los libros del padre Larrañaga, es no solo hablarle a Dios, sino disponerse a oírlo.
Los últimos meses han transcurrido en el vértigo de una campaña dura que develó secretos y fortunas demasiado materiales y muy poco evangélicas. Es hora, la sabia Madre Iglesia lo percibe, de recoger las velas del enojo y la ofensa, de volverse hacia dentro, limpiar nuestro interior inficionado por venenos mediáticos y tratar de comunicarse con Dios.
Lo hemos extraviado en medio de las caravanas bulliciosas, desdibujado entre pródigos afiches y centenares de páginas y voces que multiplican loas a príncipes terrenales, ídolos de barro de los pies a la cabeza.
Un poco mareada, en parte por la virosis reciente, y más que todo por el esfuerzo que supone soltar las preocupaciones y las ocupaciones de campaña para hacer esta pausa de reflexión y ruegos en la víspera de la definición electoral de mañana, trato de hacerme presente en este encuentro al que nos llama la Conferencia del Episcopado, espacio de serenidad y meditación para reencontrarnos con Dios.
Como en la práctica de un yoga católico, repito como mantra: “Busco tu rostro, tu rostro busco, Señor”. Siento que algo se despierta y se enciende muy adentro. Mi jaculatoria, mi contemplación y mi actitud de espera van tejiendo una cuerda segura y cálida por lo que empiezo a trepar. Vislumbro otra manera de sentir, de respirar. Comienzo a sintonizarme con el Padre.
Voy diciendo oraciones, aprendidas en mi lejana Primera Comunión, esas que se quedan para siempre, olorosas al incienso y a las azucenas del altar en la Iglesia de las Mercedes. Surgen otras, amasadas con mis sentimientos lastimados: la vergüenza que me ruboriza por los lugares humillantes que ocupa mi país en las evaluaciones internacionales; el miedo que me muerde cada mañana cuando Mario sale a caminar en la selva insegura en que la violencia ha convertido la ciudad; la repugnancia poco caritativa, pero justa, ante el triunfo de la soberbia y la desfachatez; y mi tristeza, la que se fue asentando y se asomó En Plural muchos sábados, porque los pobrecitos de esta tierra dominicana a los que Jesús amó privilegiadamente, son despojados de lo poco que tienen en el ejercicio a tope de la corrupción.
Me agito en el recuerdo, eso no es apropiado en la oración. Sé, como cristiana vieja, que no debo hacerle preguntas a Dios. Evoco a Job: “Escúchame tú a mí; calla, y te enseñaré sabiduría”. Pero también dice Romanos: “No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento”.
¿A quién suplico, sino a Ti, Señor mío, por respuestas a mis interrogaciones, puesto que eres: “Dios de paz, y no de confusión” como me afirma Corintios?
Tercamente, en medio del denodado rezo, permanecen las preguntas atormentadas, quiero oírlo a Él.
¿Por qué, Señor, en esta campaña electoral que ayer concluyó entre fanfarrias, las calumnias opacaron los programas, se compararon flacos mansos con cimarrones cebados, se desconocieron evidencias que reclamaban veredictos, y los votos se compraban poniéndoles precios en lugar de valorarlos, como expresión de suprema voluntad ciudadana?
Preguntas, dubitaciones, búsquedas. Cierro este cofre de tormentos, puesto que busco el Rostro de mi Señor, y Él por encima de todos y de todo, es la Paz, “mi fortaleza y mi escudo, en Él confía mi corazón”, reitera el Salmo 28.
Depongo, muy poco a poco, mis desazones, y mis cuestionamientos, los dolores que han ido aflorando en esta meditación en la que mezclé penas personales con angustias ciudadanas y políticas. Todo este amasijo tan humano, lo pongo en tus manos, Señor. ¡Ya hablé mucho! Háblame ahora Tú.
Orienta mañana la conciencia de los/as electores/as, preserva los votos de presiones y dudas, que todos/as sufraguen con convicción, en libertad.
Señor mío y Dios mío, te pido que acertemos en la elección de nuestro próximo presidente, para que se reabran las compuertas a los valores de la justicia, de la honradez, de la humildad, de la solidaridad.
Hazte presente entre nosotros en las filas de los Colegios Electorales, Señor, y te diremos con Isaías: “Mira, todos estos se han reunido y han venido a Ti”.
Entonces, Padre, háblale a tu pueblo.
Santo Domingo, R.D., 29 de mayo de 2012.



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