HOY, 24 DE ABRIL, SE CUMPLEN 47 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN DE ABRIL DE 1965.
Discurso pronunciado por el
coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, el 3 de Septiembre de 1965, al hacer
entrega de su mandato constitucional.
Pueblo Dominicano:
Porque me dio el pueblo el poder, al pueblo vengo a devolver lo que le
pertenece. Ningún poder es legítimo si no es otorgado por el pueblo, cuya
voluntad soberana es fuente de todo mandato público. El 3 de mayo de 1965, el
Congreso Nacional me honró eligiéndome Presidente Constitucional de la
República Dominicana. Solamente así podía aceptar tan alto cargo, porque
siempre he creído que el derecho a gobernar no puede emanar de nadie más que no
sea del pueblo mismo.
Bien legítimo era ese derecho,
forjado por nuestras grandes mayorías nacionales en las elecciones más puras de
toda nuestra historia, y depositado en mis manos en momentos en que el pueblo
dominicano se batía, a sangre y fuego, para reconquistar sus instituciones
democráticas. Estas instituciones, surgidas de la consulta electoral del 20 de
diciembre de 1962, fueron devoradas por la infamia y la ambición de una minoría
que siempre ha despreciado la voluntad popular.
Los dominicanos se batían a
sangre y fuego, porque esa minoría le arrebató sus libertades el 25 de
septiembre de 1963. Esa minoría es la misma que siempre ha robado, encarcelado,
deportado y asesinado a nuestro pueblo. Y esa minoría, representada por el
Triunvirato que presidió Donald Reid, se llegó a creer que este país le
pertenecía y que sus habitantes eran sus esclavos.
Todos esos vicios y errores
significaban mayores dolores y miseria para el pueblo. La vida se hacía
insoportable. Ni una sola esperanza cabía en el alma de los dominicanos
mientras se mantuvieran gobernando los usurpadores del poder. Para que
renaciera esa esperanza se hacía necesario volver al gobierno libremente
electo, es decir, a la democracia de la Constitución de 1963. Todo indicaba que
la minoría gobernante, que pensaba y actuaba como propietaria de la nación,
permanecería en el poder aún en contra de los más vivos reclamos populares,
orientados hacia el rescate del régimen democrático.
El profesor Juan Bosch habla se dirige al país flanqueado por el coronel glorioso y otros militares que cumplían el sagrado deber de defender la Patria y sus instituciones.
La rebelión armada contra la
ilegitimidad de su mando se convirtió entonces en una imperiosa necesidad
social. Fruto de esa necesidad, y de la determinación de los dominicanos a ser
libres, sin importarles la cuantía del precio, estalla el glorioso movimiento
24 de abril.
Ese Movimiento, inspirado en
el más noble espíritu democrático, no era un cuartelazo más. Razón tenía el
profesor Juan Bosch cuando dijo, desde su obligado exilio en Puerto Rico, que
los dominicanos estábamos librando una revolución social. Así era porque los
sectores democráticos del pueblo, tras mucho sufrimiento y mayores
frustraciones, habían tomado profunda conciencia de su papel histórico y,
hermanados con los militares que respetamos el juramento de defender la
majestad de las leyes, se lanzaron a la calle en busca de su libertad perdida.
Heroicamente, con más fe que
armas, y con enorme caudal de dignidad, el pueblo dominicano abría de par en
par las puertas de la Historia para construir su futuro. Hondas, muy profundas
eran las raíces de esa lucha. Desde la Independencia, desde la Restauración,
caminaba el pueblo muriendo y venciendo tras su derecho a ser libre. El 24 de
abril era un paso gigantesco hacia la construcción de ese derecho y hacia la
democracia que lo consagra plenamente.
Los enemigos del pueblo,
aquellos que por encima de los intereses de la Patria colocan sus propios
intereses en un vano empeño por mantenerse en el poder, hacían correr, como
ríos, la sangre generosa. Pero sobre nuestros muertos, nos levantamos siempre
con mayor fuerza. La Revolución avanzaba triunfante. América entera miraba con
admiración hacia esta tierra, esperando ansiosa nuestro triunfo, porque en él
veía una victoria de la democracia sobre las minorías opresoras que azotan,
como plagas, todo el Continente Americano.
Desgraciadamente, el 28 de
abril, cuatro días después de iniciada la Revolución, cuando la libertad
renacía vencedora, cuando todo un pueblo se volcaba fervorosamente hacia el
encuentro con la democracia, el Gobierno de los Estados Unidos de América,
violando la soberanía de nuestro Estado Independiente, y burlando los
principios fundamentales que sostienen la convivencia internacional, invadió y
ocupó militarmente nuestro suelo.
El coronel Caamaño habla a las tropas.
¿Qué derecho podían invocar
los gobernantes norteamericanos para atropellar así la libertad de un pueblo
soberano? ¡Ninguno! Se hacían culpables de un gravísimo delito, que atentaba
contra nuestra nación. Contra América y contra el resto del mundo. El principio
de No Intervención, base fundamental de las relaciones entre los pueblos
civilizados, fue tan brutalmente desconocido que aún se escucha por toda la
vastedad del planeta el eco de la más dura repulsa contra los invasores.
En este continente de
hermanos, al lado del clamor de los Gobiernos de Chile, Uruguay, México, Perú y
Ecuador, que encauzaron su actuación internacional haciendo honor al
sentimiento de fraternidad continental de sus respectivos pueblos, se escucha
así mismo, en defensa de la No Intervención y de la soberanía de nuestro país,
la vibrante y solidaria protesta de millones de latinoamericanos indignados.
La humillación que el gobierno
de los Estados Unidos de América del Norte hacía sufrir a la República Dominicana,
militarmente invadida, significa también una dolorosa humillación para toda
América. ¿Qué normas, qué principios pueden servir a las naciones americanas
para hacer valer su vocación y su derecho a la independencia, cuando los
gobernantes norteamericanos decidan, con vanas excusas y apoyados en la fuerza
de sus cañones, imponerles su destino político? ¿A dónde ir a reclamar para que
reconozca el derecho de un pueblo a ser independiente y dueño de su propia
vida? ¿Qué organismos, qué instituciones serán capaces de defender esos
derechos y de alentar a los pueblos a ejercerlos, sin temor a la intrusión de
los que se han erigido en árbitros de la determinación ajena?
Para desgracia de la República
Dominicana y para desgracia de América, la Organización de Estados Americanos,
en vez de asumir la defensa de nuestra soberanía, en vez de sancionar
severamente la intervención militar para hacer de este modo honor a los
principios que dice sustentar, no sólo se colocó de espaldas a su propia Carta
Constitutiva, sino que también empujó, aún más, el puñal que hoy se clava en el
corazón de nuestra patria.
En el malecón de la capital, algunos de los jefes militares norteamericanos a cargo de negociar el fin de la guerra patria, Con gafas oscuras y vestido de civil el periodista Bonaparte Gautreaux Piñeyro (K-bito).
Cuatro días después de la
intervención militar norteamericana, la Organización de Estados Americanos
decidió que se hiciera «todo lo posible para procurar el restablecimiento de la
paz y la normalidad en la República Dominicana». En el texto de la Resolución
que expresa lo citado nada se decía acerca de la violación de nuestra
soberanía. ¡Nada! Ni una sola palabra hace referencia al monstruoso crimen del
28 de abril de 1965, que por largo tiempo conmoverá a los frágiles cimientos
del orden jurídico interamericano. Todo lo contrario. La Organización de
Estados Americanos se empeñaba entonces, ignorando y torciendo los principios,
en justificar y validar la intervención militar norteamericana. Y así creyó
hacerlo creando la Fuerza Interamericana. La Resolución que consagra esa
funesta medida, registrada como Documento Rec.2 de la Décima Reunión de
Consulta de Ministros Americanos, revela muy a las claras la actitud del organismo
regional a ese respecto. En efecto, en ella se lee lo siguiente: «Que la
integración de una Fuerza Interamericana significará, ipso facto, la
transformación de las fuerzas presentes en territorio dominicano en otra fuerza
que no será de un Estado sino de un organismo inter-estatal...»
¡Transformación! He ahí la
palabra que delata la convivencia de la Organización de Estados Americanos con
los invasores. Se transformaban los «marines» en Fuerza Interamericana. Aquello
fue la institucionalización del delito político como norma de las relaciones
internacionales de nuestro continente.
La intervención norteamericana
vino, pues, a detener el triunfo de la democracia dominicana y a apuntalar a la
minoría que le niega y le disputa sus derechos a nuestros pueblos. Tras el
llamado Gobierno de Reconstrucción Nacional, obra de los funcionarios de la
intervención extranjera, se echó al desprecio al pueblo, se fortaleció la
corrupción, y el crimen se extendió por todo el país.
El coronel Caamano al telefono; a su lado el coronel Marte; sentado, su secretario personal, el periodista Bonaparte Gautreaux Piñeyro (K-bito). Detras, con lentes, el doctor Euclides Gutiérrez Félix.
A pesar de la frustración
momentánea que en esos trágicos días sufriera la Revolución, el Gobierno
Constitucional decidió defender sus derechos. Naturalmente, ante la violencia y
la fuerza del poderío norteamericano, representado por más de 40 000 soldados,
ya no era posible el triunfo armado del movimiento democrático dominicano.
Tuvimos que negociar con los invasores a fin de conservar parte del tesoro de
democracia que habíamos comenzado a crear.
En la mes de negociaciones
defendimos siempre los principios. Si abandonamos algunas de las conquistas por
las que el pueblo dominicano se lanzó a la lucha, no se debió a que los
negociadores de la Organización de Estados Americanos trajeran proposiciones de
un mayor contenido democrático que el perseguido en nuestros objetivos
iniciales. Cedimos solamente ante la realidad que nos imponía la intervención
americana. El corredor que las tropas extranjeras establecieron, arbitraria e
injustificadamente, dividiendo la ciudad en dos, no tuvo otra razón que la de
evitar que nuestra lucha se extendiera, desde esta gloriosa ciudad, hacia todo
el resto del país.
Las ansias democráticas habían
hecho vibrar la República entera. La causa que con las armas en las manos
defendía el pueblo de Santo Domingo era la causa nacional. Esta ciudad cuatro
veces centenaria fue la vanguardia, y desde ella nos lanzamos, triunfantes
contra los opresores criollos. Se vislumbraba ya la victoria de las armas
democráticas, y cuando estábamos a punto de lograrla plenamente, Estados Unidos
de América se interpone, invadiéndonos para salvaguardar los peores intereses y
las más ruines ambiciones.
Al teléfono, el coronel que decidió casarse con la Gloria; en traje de combate, Ellio Capozzi, comandante entrenador de los hombres-ranas. Detrás, sentado, K-bito Gautreaux Piñeyro.
Fue entonces cuando tuvimos
que ceder en algunos de nuestros objetivos, porque no podíamos vencer con las
armas. Pero a pesar de toda la fuerza y de toda la violencia del poderío
militar norteamericano, no cedimos por temor o por miedo a ser vencidos.
Testigo es el mundo de la lucha que libramos, del coraje y la valentía de ese
pueblo en el terreno del honor y en el campo de batalla.
Oportuno es que me detenga
aquí para rendir homenaje a los héroes que entregaron sus vidas luchando por la
democracia y la soberanía nacionales. Ese Combatiente Desconocido, que reposa
en esta Plaza de la Constitución, es el símbolo del sacrificio y del amor de
los dominicanos por su libertad. Como él, murieron miles. De ese semillero de
héroes crecerá vigoroso el futuro de la patria. Porque héroes son los que
dieron la vida tratando de evitar que se creara el corredor internacional que
detuvo nuestra marcha victoriosa. Porque héroes son los que, con piedras en las
manos, detuvieron los tanques de acero en el Puente Duarte. Héroes son los que
defendieron hasta el último aliento la Zona Norte de la ciudad; héroes son los
que recibieron, impávidos, los ataques aéreos al Palacio Nacional; héroes los
que durante los días 15 y 16 de junio recibieron valientemente la metralla
extranjera; héroes los del 29 de agosto; héroes también los que han muerto en
todos nuestros frentes, en campos y ciudades defendiendo la integridad
nacional.
Nunca tal vez en la vida de
los dominicanos se había luchado con tanta tenacidad contra un enemigo tan
superior en número y en armas. Luchamos, sí, con bravura de leyenda, porque
íbamos desbrozando con la razón el camino de la Historia.
No pudimos vencer, pero
tampoco pudimos ser vencidos. La verdad auspiciada por nuestra causa fue la
mayor fuerza y el mayor aliento para resistir. ¡Y resistimos! Ese es nuestro
triunfo porque sin la tenaz resistencia que opusimos, hoy no pudiéramos
ufanarnos de los objetivos logrados.
Nosotros cedimos, es cierto,
pero ellos, los invasores que vinieron a impedir nuestra revolución, a destruir
nuestra causa tuvieron que ceder también ante el espíritu revolucionario de
nuestro pueblo.
El coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó firmaba el Acuerdo de Reconciliación que puso fin a las hostilidades durante la Guerra Civil de 1965. Firma también, a la derecha, el canciller Jottin Cury, y observa Héctor Aristy, a la izquierda.
Ahí están, hablando por sí
solas, las conquistas alcanzadas y que constan, engrandecidas por la sangre de
los caídos, en el Acta Institucional y en el Acta de Reconciliación Dominicana.
Se nos han reconocido múltiples derechos económicos y sociales. Hemos logrado
la fijación de elecciones libres a breve plazo. Hemos conquistado las
libertades públicas, el respeto a los derechos humanos; el regreso de los
exiliados políticos, el derecho de todo dominicano a vivir en su patria sin
temor a ser deportado. Pero, por encima de todo, hemos logrado una conquista
inapreciable, de fecundas proyecciones futuras: ¡La conciencia democrática!
Conciencia contra el golpismo, contra la corrupción administrativa, contra el
nepotismo, contra la explotación y contra el intervencionismo. Hemos
conquistado conciencia de nuestro propio destino histórico. En suma, conciencia
del pueblo en su fuerza, que si el 24 de Abril le sirvió para derrotar a las
oligarquías civil y militar, hoy, nutrida por esa maravillosa experiencia y
esta lucha asombrosa le permitirá forjar, en la paz o en la guerra, su libertad
y su independencia. ¡Despertó el pueblo porque despertó su conciencia!
Armado solo con sus puños y el valor heredado de los padres de la Patria, este joven dominicano se enfrenta a un soldado de las tropas norteamericanas que en 1965 vinieron a impedir el retorno a la constitucionalidad.
Esos son los logros de esta
revolución. No solamente nuestros, sino también de América. Los principios que
aquí han sido defendidos son los mismos que hoy conmueven a todas sus naciones.
Cuando los pueblos situados al sur del Río Bravo expresaban su solidaridad con
nuestra lucha, junto al estímulo fraternal iban también, profundamente unidas,
sus más caras e íntimas aspiraciones. Desde México hasta Argentina la
democracia es el sueño de millones de hombres que quieren convertir en
realidad. Sueño de paz creadora, de paz y libertad decorosa. Pero ese bello
sueño es turbado, hasta convertirse en pesadilla, por la codicia y la
explotación de minorías ajenas al noble ideal de la convivencia humana.
Si algún mérito me cabe por
haber participado preeminentemente en esta revolución democrática, gracias al
honroso mandato presidencial que me otorgara el Honorable Congreso Nacional, no
es otro que el de haber comprendido esa dolorosa realidad de nuestro pueblo, y
haber luchado ardientemente por tratar de transformarla en un porvenir cargado
de esperanzas.
Creo firmemente que el pueblo
dominicano terminará por lograr su felicidad, y el 24 de Abril será siempre un
símbolo estimulante hacia la consecución definitiva de ella. Es nuestra
obligación, como defensores de la democracia, abonar la siembra generosa que
comenzó en esa fecha inmortal. Pero abonarla con entusiasmo creciente, con todo
el espíritu, sin vacilaciones, sin descanso. El mejor modo de hacerlo está en
la unidad de todos nosotros, en la vigilancia de todos nosotros, dispuestos
mañana, como lo hemos estado hoy, a correr todos los riesgos en defensa de la
democracia dominicana y del honor nacional.
Ante el pueblo dominicano,
ante sus dignos representantes que aquí encarnan el Honorable Congreso
Nacional, renuncio como Presidente Constitucional de la República. Dios quiera
y el pueblo pueda lograrlo, que esta sea la última vez en nuestra historia que
un Gobierno legítimo tenga que abandonar el poder bajo la presión de fuerzas
nacionales o extranjeras. Yo tengo fe en que así será.
Finalmente, invito al pueblo
aquí reunido a hacer el siguiente juramento:
Inspirados en el sacrificio
generoso de nuestros hermanos civiles y militares caídos en la lucha
constitucionalista.
Interpretando los sentimientos
del pueblo dominicano.
Juramos luchar por la retirada
de las tropas extranjeras que se encuentran en el territorio de nuestro país.
Juramos luchar por la vigencia
de las libertades democráticas y los derechos humanos y no permitir intento
alguno para restablecer la tiranía.
Juramos luchar por la unión de
todos los sectores patrióticos para hacer a nuestra nación plenamente libre,
plenamente soberana, plenamente democrática.
Francisco Caamaño
Santo Domingo, R.D., martes, 24 de abril de 2012.








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