jueves, 28 de junio de 2012

La ley y los bares e iglesias de Dios



El Bulevar de la vida 
PABLO MCKINNEY 

A los bares de la zona colonial, como a la iglesias o los colmadones, no hay que cerrarlos ni abrirlos; ni a sus dueños, curas o comerciantes, condecorarlos ni odiarlos: basta con aplicarles la ley, las leyes, la de Medio Ambiente o las municipales. 

Y dale que volvemos a lo mismo que ayer hablábamos aquí. El meollo del problema nacional -junto a la priorización de la educación-, no es otro que aplicar las leyes... en bares o en iglesias, en puticlubs o conventos, en centros de masajes o casas de retiro. La ley, estúpido, la ley. 

Monchy Fadul.

No hay por qué irse a los extremos ni sacar titulares valientes con declaraciones sobrantes. Además, no se ve bien, que sea un hombre bebentino y bueno, un tercio solidario y sin poses como el siempre apreciado Monchy Fadul, quien hable más alto de la cuenta contra “los bares de la zona” en general. No olvidemos que Dios esa amor, o sea, que después de tres copas de vino, él siempre anda cerca. 

Uno defiende los bares e iglesias de la zona (respetando las leyes, claro) porque ellos son la esencia de la historia que duerme triste entre los adoquines centenarios, entre el pisoteado barro, testigo mudo de hispanos misterios, y mucha sangre.

Además, bares e iglesias salvan vidas y curan almas.

Las iglesias son las sucursales del Dios oficial, mientras los bares de la zona son las paganas agencias que nos legó María Magdalena para que entre vinos o un vodka tónic no nos atrevamos a olvidarla nunca, a ella, a la María,  “dueña de un corazón tan cinco estrellas/ que hasta el hijo de un Dios, una vez que la vio / se fue con ella y nunca le cobró… La Magdalena”, que canta Sor Sabina, el Joaquín.

Es sabido que a los bares, entre buenos parroquianos, los visitan también algunos indeseables proxenetas del delirio y hasta mulatas adorables consumidoras de cosas ilegales... como el olvido, (ay, don Radha tenemos que hablar). 

A las iglesias- entre cristianos ejemplares- las frecuenta algún cínico entre palabras, esclavos de sus hechos, uno que otro estafador de sueños patrios y hasta literales asesinos que abusan del cristiano afán del Señor por perdonarnos. 

Sin embargo, ni las iglesias con sus consejos de fe, ni los bares con su bohemia de penas, pueden evitar esas indeseables visitas. No hay manera de controlar la entrada de la mala gente ni a los bares ni a las iglesias. Sólo nos queda el respeto a los demás y la igualdad ante la ley. La ley, Monchy, la ley. 

Si vamos a tocar las teclas de la moral sin temor a hundirnos; si vamos a “remenear” los altares éticos aunque nos quedemos sin santos, habrá que preguntar en cuáles de los bares de cuál zona, sector o polígono central o periférico se consume más éxtasis, cocaína y hasta crack. 

Si en striptease moral estamos, insisto: Preguntémosle a Dios, que tanto amó a la Magadalena, qué es y quién es más prostituta: si la señora marginada con tres hijos sin padre que en La bolita del mundo vende caricias a quien pueda pagarlas; o la hermosa joven que colecciona amantes como anillos para poder vivir entre Ferragamo y un tal Luis “Brutón” que tiene oficina en Blue Mall. 

Si donde hay amor está Dios, entonces, el Maestro no puede estar lejos de la Zona Colonial. Ni de sus iglesias -por la paz de sus atardeceres de viernes antes de la misa-, ni de sus bares por Sabina y sus canciones y por la disimulada presencia de esa mujer, ay, de negro pelo y verdes sueños, en cuya piel de aceituna y mirada de miel de abeja, se quedaron a rezar todos los olivares de Jaén y las noches de Marruecos. Amén.

Santo Domingo, R.D., jueves, 28 de junio de 2012.

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