Tony Raful
A mi querida
Yvelisse Prats-Ramírez de Pérez
En una finca de Marianao, poblado cercano a La Habana,
nos unió en 1939, la creación del Partido Revolucionario Dominicano, las ansias
de liberar al país de la cruel dictadura trujillista, los objetivos de lucha
por la justicia social, la libertad y la democracia. En 1947 en Cayo Confites,
nos unió la bandera de lucha enarbolada
por cientos de combatientes de todas las patrias para liquidar el oprobio de la
tiranía dominicana, bajo el bastón de mando del general Juancito Rodríguez.
Expedición armada frustrada por el dinero corrupto de Trujillo que logró la
intervención del Gobierno cubano para impedir el desembarco, que en esos
momentos tenía todas las posibilidades de alcanzar la victoria.
El 14 y 20 de junio de 1959, la seccional del PRD de La
Habana, completa, encabezada por la familia mártir de los Mainardi Reyna, se
unió en la sangre y el martirologio a la raza inmortal del Movimiento de
Liberación Dominicana, que despertó la conciencia democrática del pueblo
dominicano con su inmolación conmovedora.
El 5 de julio de 1961, a escasos días del ajusticiamiento
del sátrapa, nos unió la “comisión de la libertad”, integrada por Ángel Miolán,
Nicolás Silfa y Ramón A. Castillo, que desbrozó el camino de las libertades
públicas y desafió a las huestes
trujillistas de los remanentes de la dictadura. En la lucha comicial del 20 de
diciembre de 1962, primeras elecciones libres después de la dictadura, nos unió
el verbo iluminado del profesor Juan Bosch, su prédica de la democracia, su
profundo amor por los humildes y explotados y su enfrentamiento con la
oligarquía cívica, conservadora y atrasada.
Durante el gobierno democrático de siete meses de 1963,
nos unió el adecentamiento del Estado, la incorruptibilidad del gobierno, su
transparencia, sus planes e inversiones sociales, la Constitución del 29 de
abril, la más avanzada y progresista de todas nuestras reformas
constitucionales, por la que el pueblo también se unió en abril de 1965,
ofrendado su sangre generosa en heroica resistencia a la intervención
extranjera. Durante el período de la represión, los abusos y atropellos de la
contrainsurgencia, después de abril de 1965, nos unió la denuncia pública, la
movilización popular, los discursos de José Francisco Peña Gómez, desafiando la
muerte y empuñando la bandera blanca inmaculada del PRD.
Nos unió la figura estelar de Juan Bosch, lindando los
espacios de los fundadores de la nación, con su intransigencia ética y su
orientación sociológica que nos impulsó a estudiar y conocer la sociedad
dominicana en sus orígenes y desarrollo. Cuando la inducida y fatal división de
Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez, quebrantando la fortaleza del sector
liberal del país, nos unió la visión táctica de Peña Gómez, su claridad de meta
en cuanto a la alianza de sectores liberales norteamericanos para debilitar el
apoyo absoluto de que gozaba la reelección de por vida del doctor Balaguer, así
como el predominio de las “fuerzas incontrolables” en la nación. Nos unió la
necesidad de apoyarnos en la Internacional Socialista y en la solidaridad
mundial. En 1994 y 1996 nos unió la figura carismática y pura de José Francisco Peña Gómez y su programa de
“gobierno compartido” y de “primero la gente”.
Nos unió la posibilidad de concretar los ideales
inconclusos de Duarte. Nos unió el ideal, la razón de vivir y soñar. Ahora,
¿qué nos une en el PRD? ¿Qué me une a mí, prosélito de sus doctrinas
socialistas democráticas, con gente que no discute ideas ni programas, que labora
para incesantes luchas intestinas, ganancias de egos y objetivos difusos, cuya
matriz individualista brota incontenible en intereses y bienes?
Santo Domingo, R.D., martes, 26 de junio de 2012.


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